UN PASADO VIRTUAL

UN PASADO VIRTUAL
24 de noviembre de 2008

8 de enero de 1959: Fidel Castro saluda a los habaneros en su entrada a la ciudad. Apenas tenía 32 años.

Un número reciente de la revista Letras Libres convocó a un grupo de escritores e historiadores (David Brading, Friedrich Katz, John Coatsworth, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Hugo Hiriart…) para que imaginaran pasados alternativos en la historia de México. La derrota de Cortés, la retención de los jesuitas, la autonomía novohispana, el triunfo de los conservadores en la guerra de reforma y la continuidad de la revolución maderista fueron algunos de los ejercicios contrafactuales propuestos. La tesis de la revista, en la línea de algunos teóricos de la historia virtual, como Niall Ferguson y Geoffrey Hawthorn, era que cuanto más plausible es un pasado alternativo más verosímil resulta su invención.

En el caso de la historia de la Revolución Cubana, la más socorrida alternativa ha sido siempre preguntar qué habría pasado si Fulgencio Batista no hubiera dado el golpe de Estado, del 10 de marzo de 1952, contra el saliente Gobierno de Carlos Prío Socarrás. El consenso historiográfico apunta a que si las elecciones de ese año se hubieran producido, habría ganado el candidato del Partido Ortodoxo, Roberto Agramonte, con un programa de gobierno socialdemócrata –semiparlamentarismo, reforma agraria, industrialización, alfabetización, combate de la corrupción, nacionalización de algunas compañías norteamericanas…– similar al de Rómulo Betancourt en Venezuela, José Figueres en Costa Rica o el PRI en México.

Un gobierno así, ubicado en el centro izquierda, que impulsara una democracia nacionalista, suscribiendo con mayor o menor énfasis el anticomunismo que Estados Unidos promovía en la región, difícilmente habría provocado una revolución radical. Como es sabido, la principal demanda de los revolucionarios cubanos, entre 1952 y 1958, provinieran éstos de la ortodoxia, el autenticismo, el Directorio Revolucionario o el Movimiento 26 de Julio, era el restablecimiento de la Constitución de 1940, una Carta Magna que recogía las expectativas fundamentales de aquel consenso socialdemócrata. Una sucesión presidencial pacífica, entre Prío y Agramonte, con alternancia en el poder, de los “auténticos” a los “ortodoxos”, pudo haber sido un pasado virtual de Cuba.

Otro, más difícil de imaginar, sería el de la posibilidad de una transición democrática a partir de las elecciones convocadas por Batista, en 1958, en medio de la confrontación militar entre la dictadura y las guerrillas de la Sierra Maestra y El Escambray. A diferencia de 1952, cuando las razones de Batista para dar el golpe eran poco convincentes y los partidarios del general eran escasos, en 1958 ya había una buena parte de la población –campesinos, estudiantes, obreros, clase media y hasta una porción considerable de las élites económicas– involucrada en el respaldo a la oposición violenta. Frente a los revolucionarios y sus simpatizantes se colocaban los partidarios del régimen y, en el medio, una minoría pacífica como la que apoyó a Carlos Márquez Sterling en las elecciones del 3 de noviembre de aquel año.

Desde 1957 o 1958 es complicado articular una historia contrafactual en Cuba que eluda la vía revolucionaria, debido al deterioro que experimentaron las instituciones republicanas, bajo la dictadura, y a las simpatías populares que despertaba un cambio violento. Habría entonces que desplazar la construcción de un pasado virtual hacia los dos primeros años de la revolución en el poder, es decir, al lapso que va de enero de 1959, cuando se forma el Gabinete de Manuel Urrutia Lleó, y abril de 1961, cuando se declara el “carácter socialista” del Gobierno de Fidel Castro. En esos dos años, la posibilidad de otra Cuba, diferente a la republicana (1902-1958) y diferente a la socialista (1961-2008), fue real.

Esa Cuba que no fue, ideológicamente ubicada en la izquierda no comunista latinoamericana de mediados del siglo xx, pudo haber seguido un itinerario más parecido al de la revolución mexicana. La tesis de que Estados Unidos no habría tolerado, en el Caribe, un gobierno que controlara algunos recursos estratégicos y nacionalizara ciertas empresas norteamericanas, además de alfabetizar a la población, distribuir la propiedad agropecuaria e industrializar el país, se ve cuestionada por las buenas relaciones que Washington mantuvo con el México de Lázaro Cárdenas o con la Venezuela de Acción Democrática. Quienes sostienen esa tesis recurren, casi siempre, al caso de la Guatemala de Jacobo Arbenz, pero la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy estaban dispuestos a mantener el vínculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética.

           
No hay consenso sobre si el giro comunista en Cuba fue resultado de una convicción ideológica, de un cálculo geopolítico o de una estrategia defensiva
           

Los historiadores cubanos han debatido durante medio siglo cuál fue la principal motivación de Fidel Castro al girar hacia el comunismo y aliarse a la Unión Soviética. No hay consenso sobre si aquella maniobra audaz, que creaba un campo de batalla de la guerra fría a unos kilómetros de Florida, fue resultado de una convicción ideológica, de un cálculo geopolítico, de una estrategia defensiva o una mezcla de estas tres opciones. Lo cierto es que aquel camino, en 1961, no era el único y que quienes lo tomaron no respondían a una demanda popular, a una presión desde las élites políticas o a una expansión de la hegemonía soviética –Moscú, como Washington, se hubiera conformado con una revolución a la mexicana–. La ideología habanera en aquellos años gravitaba, mayoritariamente, hacia la izquierda nacionalista democrática, predominante en América Latina, y el marxismo-leninismo era una doctrina que, con mayor o menor flexibilidad, manejaba un pequeño círculo de intelectuales.

La elección del modelo comunista en Cuba fue, por tanto, un acto de voluntad, racional e indeterminado. Imaginar qué habría pasado si Fidel Castro y sus colaboradores más cercanos no hubieran elegido esa vía deja, entonces, de ser un tópico de la historia contrafactual y se convierte en un evento de la historia revolucionaria real. La mayoría de los líderes de la oposición y el exilio cubanos, en las dos primeras décadas del socialismo, es decir, de 1960 a 1980, por lo menos, pensaba que aquella revolución nacionalista y democrática, inscrita en la izquierda no comunista latinoamericana, era el curso natural que debió seguir la historia contemporánea de Cuba y que el giro al marxismo-leninismo era, en propiedad, una ruptura del consenso ideológico que había logrado la caída de Batista.
De no haberse producido ese golpe de timón, la historia, ya no de Cuba, sino de América Latina y sus relaciones con Estados Unidos y Europa, habría sido distinta. La guerra fría no habría tenido un capítulo latinoamericano tan intenso sin la Cuba socialista. A pesar de los graves problemas sociales y económicos de la región, es difícil imaginar que se hubiera producido un choque frontal, tan costoso, como el de las izquierdas revolucionarias y las dictaduras militares. Ambos fenómenos, el de las guerrillas latinoamericanas y el de los regímenes autoritarios, en los años 60 y 70, son inconcebibles sin la radicalización de las izquierdas populistas que impulsa el socialismo habanero y sin la reacción contra la misma que encabezan las élites, los ejércitos y Washington.

 

OTRA HISTORIA FUE POSIBLE

La esperanza, en el mar: durante los años 90 fueron muchos los cubanos que se hicieron al agua en busca de los cayos de Florida.

Sin un aliado de la Unión Soviética en el Caribe habría sido poco probable que la humanidad hubiera estado al borde de una tercera guerra mundial, esta vez atómica, en 1962, o que el Gobierno de Estados Unidos hubiera tenido que dar cobijo a cientos de miles de exiliados cubanos y a respaldarlos en sus intentos por retomar el hilo de aquella revolución originaria. Sin una Cuba soviética, seguramente, no habría habido embargo comercial, ni Ley de Ajuste Cubano, ni éxodo permanente hacia Florida, ni Alianza para el Progreso, ni una cultura y una política cubanoamericanas tan influyentes, ni un Miami hispano que es ya una zona de contacto entre las dos Américas.

El triunfo de la Revolución Cubana coincidió con el proceso de descolonización en África y Asia, con la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y con la articulación de una nueva izquierda occidental, como la que protagonizó el movimiento estudiantil de 1968. La relación del socialismo cubano con esos fenómenos no siempre fue fluida, ya que la alianza con Moscú limitaba a La Habana en la práctica de una izquierda heterodoxa. Esa relación se produjo, en buena medida, a través de la figura del Che Guevara, quien desde finales de 1963 desempeñaba un papel marginal dentro de la clase política cubana. El guevarismo fue un movimiento de la izquierda latinoamericana que compartía sólo una parte del programa del socialismo cubano, toda vez que la sovietización de este último era rechazada por el Che ¿Habría existido guevarismo en América Latina sin una Cuba socialista? Tal vez.

Otro tópico recurrente en los discursos de la izquierda latinoamericana contemporánea es el que atribuye al socialismo cubano la emergencia, en la última década, de movimientos y liderazgos como el de Lula en Brasil, Chávez en Venezuela o Morales en Bolivia. Algo de cierto hay en tal percepción, sobre todo, si se toma en cuenta que esos tres líderes son amigos de Fidel Castro desde antes de llegar al poder y viajaron con frecuencia a La Habana mientras formaban parte de la oposición en sus respectivos países. Pero, a diferencia del Chile de Allende o de la Nicaragua del Frente Sandinista, las nuevas izquierdas latinoamericanas, incluida la chavista, se reconocen ideológica e institucionalmente más en la tradición del nacionalismo democrático que en la del marxismo-leninismo. De ahí que el vínculo genealógico de esas izquierdas con el socialismo cubano no pase de ser un gesto retórico de “solidaridad con Cuba”.

En las ideas políticas y en la estrategia pública, las nuevas izquierdas latinoamericanas deben más a la revolución mexicana que a la cubana. Ninguna de esas izquierdas ha propuesto la estatalización de la economía, la creación de un partido único, la ilegitimidad de la oposición, la ausencia de libertades públicas o el enfrentamiento con Estados Unidos. Ninguna de esas izquierdas ha adoptado el marxismo-leninismo como ideología de Estado ni ha acomodado sus políticas educativas y culturales a una rígida filiación doctrinal. Sin embargo, los líderes de esas izquierdas, con el fin de satisfacer a los sectores más radicales que los apoyan y de marcar distancia con Washington, se presentan como herederos de la Revolución Cubana.

Desde otro ángulo de la historia política, es posible pensar que, aunque el socialismo insular deja un legado inservible para los gobiernos latinoamericanos, aún funciona como símbolo de un proyecto de equidad social y resistencia a la hegemonía de Estados Unidos. Ese símbolo no está exento de negatividad, puesto que para los gobiernos de la izquierda latinoamericana, Cuba representa lo que no se debe hacer con tal de avanzar en materia de justicia y soberanía: poner toda la economía en manos del Estado y enfrentarse a Washington. Pero aún así, el símbolo funciona, sobre todo, como una manera expedita de controlar a las oposiciones internas de la izquierda radical y de proyectar una diplomacia autónoma.

Cuando los ideólogos de la isla insisten en que, gracias al socialismo cubano, las nuevas izquierdas latinoamericanas han logrado constituir opciones de gobierno responsable, no dejan de tener razón. Sólo que en la afirmación de una paternidad simbólica ante esas izquierdas, los socialistas cubanos ocultan la discontinuidad institucional que esos gobiernos manifiestan con respecto al modelo insular. El socialismo cubano, con su partido único y su economía de Estado, no pertenece a la familia política de las nuevas izquierdas latinoamericanas sino a la vieja estirpe de los comunismos de Europa del Este. Si ese socialismo finalmente se decide a parecerse a sus izquierdas vecinas, entonces aquel pasado virtual se volverá real y Cuba dejará de ser una excepción latinoamericana.

 

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dogmatismo factual

Muchos comentaristas que intervienen en este debate demuestran un fuerte dogmatismo ya que no aceptan la idea de la historia contrafactual propussta por Rafael Rojas. Dicen "la historia es como es", con lo cual demuestran una gran falta de imaginación. No, la historia no es como es. La historia es un conjunto de posibilidades. El trasfondo de ese dogmatismo no es otro que el castrismo real o vergonzante que sienten muchos y que se ve cuestionado por escritos como este.

si en eeuu hubieran ganado los del sur,...

la historia hubiera sido otra, pero la historia es como es, como los hechos las describe, se puede estar de acuerdo, o no.
lo demas son falacias y especulaciones, buscando distorcinar la realidad.

si la cia no hubiera, cedido internet para uso social, no estaria escribiendo esto...

ni leyendo, estas tonterias...

¡Ya es hora de romper el corojo!

¡Ya es hora de romper el corojo!

Por Pablo Felipe Pérez Goyry*
Premio José María Heredia de Periodismo 2008

Quizá por una ironía del destino, sin demeritar sus refrendadas muestras de heroicidad, la Nación cubana carga sobre sus espaldas cincuenta años de precariedad y vergüenza pública, a causa de la dictadura castro comunista y de nacionales que sólo hinchan sus estómagos y faltriqueras. Parece una aventura caballeresca inacabable, atiborrada de lujuriosas y quiméricas parábolas sórdidas.
No pretende este columnista, explayarse en razonamientos sempiternos, sólo, por los motivos ya apuntados, hacer un alto en el camino e invitar al excelso leedor a pensar: En los cubanos, que en interminables peregrinaciones han tenido que desperdigarse por el planeta, como ingeniosos peregrinos, como caballeros y doncellas errantes, y los otros, que residen en el archipiélago, que están agarrotados en la desesperanza y la esclavitud.
Por estos días, en los diferentes medios de comunicación y en tertulias académicas, a uno y otro lado del estrecho de la Florida, se ha platicado, hasta el cansancio, disimilitudes de argumentos sobre el pasado, presente y futuro en Cuba. No obstante, las respetables ambigüedades y las socarronerías sutiles, que son múltiples, dan fe de la indudable ausencia de consenso y discernimiento que lleven a buen puerto los destinos de la Nación cubana.
Es innegable la verdad vivida por aquellos cubanos que han desafiado con dignidad plena las mazmorras castro-comunista; los que dentro y fuera del archipiélago, sufren la ausencia de seres queridos porque murieron frente a los paredones de fusilamiento o en el presidio político; o porque su hijo, hija, esposo, esposa, madre, padre..., desaparecieron en la hondura del mar, al intentar escapar de la isla cárcel o alcanzar el “sueño americano”. Asimismo, los que hoy día, después de cincuenta años, acarician un imaginario de contradicciones apocalípticas o fastuosas, morales o vengativas, el “maleconazo final” o la intervención directa del gobierno estadounidense, los que creen en cambios sustanciales, por parte del régimen de La Habana, y, aquellos que defienden los argumentos del “cucarachismo y la robolución”. Olvidan que “la patria puede fiar más de un crítico que trabaja, que de un entusiasta que vocifera” (D’ors, Eugenio).
A todas luces, el sufrimiento y sangre derramada, por miles de cubanos, ha clamado justicia a una sociedad nacional e internacional que ha contemplado con cinismo, parsimonia e hipocresía los acontecimientos en el archipiélago. Qué decir, de algunos “gobernantes”... La desventura sobrevenida durante estos cinco decenios, a los cubanos, es lamentable y consterna el espíritu... Ciertamente, es irrebatible y burdo el legado de la dictadura castro comunista.
Sin embargo, la solución a las diferencias históricas entre nacionales está en sus propias manos y corazón. Porque al final del camino, la Nación será artífice de su prosperidad, y Dios dará remedio a sus desventuras..., si más allá de los dogmas, prevalecen el perdón y el amor, la buena voluntad y el compromiso, y, los cubanos acepten que son hermanos y parte de un todo que se llama ¡Cuba!
Por todas estas razones, es esencial desistir de las riñas caprichosas, a diestra y siniestra..., más bien, es menester vigorizar la intuición y con pundonor tratar de cicatrizar las heridas físicas y del alma misma... ¡Todos los cubanos, sin excepción, somos parte integral de la Nación cubana!
Finalmente, un nuevo año a comenzado y con él todos pedimos salud, paz y prosperidad. De ahí que, con la sinceridad que caracteriza a éste periodista, quiera con el ilustrísimo lector compartir un sueño, un deseo: que en el 2009, todos los cubanos razonemos con sabiduría en la “mesa conciliadora” (de no ruin madera y sin buzcorona), para articular un proyecto trascendente y encauzado a buscar solución al “problema cubano”... Vale la pena, por el bien de la Patria.
Cubanos, para la Reconciliación y la Concordia: ¡Ya es hora de romper el corojo! Estoy presto..., ¿y ustedes? ¡Alea iacta est! ¡Dios salvaguarde a la Nación cubana, y a mí no me olvide!?

*Pablo Felipe Pérez Goyry. Analista y Periodista. Premio José María Heredia de Periodismo 2008. Miembro del Instituto Nacional de Periodismo Latinoamericano (INPL). Miembro de la Federación Internacional de Periodistas Digitales (FIPED).
Web Contextus: http://es.geocities.com/libertadeopinion/.
Blog Contextus: http://contextuspablofeliperezg.blogspot.com/.

Crímenes sin castigo

Crímenes sin castigo

Por Pablo Felipe Pérez Goyry*

Cuando las reformas violentan la existencia misma de una nación, siempre tiene consecuencias imprevisibles, pues, está condicionada al contextus en que se aplican y la particularidad natural de los seres humanos. Es decir, los sentimientos, ideales y costumbres, son los que gobiernan las acciones de las personas y estas se reflejan apasionadamente como una manifestación irracional, cuando está manipulada la muchedumbre que apoya el radicalismo. Luego, es un error separar los fenómenos sociales de la voluntad y deseos de una nación. Se afirma, que aunque estos fenómenos pueden tener un valor absoluto, en los eventos son relativos. Porque los cambios están sujetos a como evolucione el caos.
Sin embargo, no es intensión discutir aspectos académicos que pudieran aburrir al lector y traicionar el luto que impulsa redactar estas líneas. Luto, por los crímenes del régimen castro-comunista y que están impunes. Aflicción, por los miles de cubanos, y algunos foráneos, asesinados por los pelotones de fusilamiento o sufrido tortura en prisiones de la isla cárcel.
El triunfo de la “revolución cubana”, desde sus inicios, es un ejemplo de fenómeno social radical y de la conducta extremista de líderes y las personas. Durante casi, cincuenta años, el despropósito entre grupos de cubanos, partidarios y opositores, sólo han desangrado el país y, desencadenado el crimen y la impunidad. Porque para algunos cubanos, el fin mefistofélico justifica el medio.
Por aquellos días, los ánimos estaban exacerbados y la lucha entre revolucionarios y contrarios hacia que el ambiente fuera irrespirable y las emociones incontroladas se desperdigaran por el archipiélago y radicalizara las posiciones políticas. La palabra “paredón” era símbolo de venganza e intransigencia contra todo el que no simpatizara con los linimientos y cambios revolucionarios. La diferencia de los métodos de enfrentamiento dependerá del lado en que se estuviera.
Quizá, el hecho que me ha quitado el habla, de esta etapa de la historia, sin minimizar otros, es lo ocurrido, entre el 8 y 12 de octubre de 1960, en la zona central de Cuba. Me refiero a la captura, junto a otros alzados en armas, después de un enfrentamiento con milicias comunista, de Porfirio Remberto “El Negro” Ramírez Ruiz, capitán del ejercito rebelde y Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Las Villas, FEU. Para ellos, a partir de ese momento comenzará a articularse una satánica maniobra por parte del alto gobierno, que presiona al tribunal revolucionario, que tenía la responsabilidad de juzgar los delitos contra la seguridad del estado.

Porfirio Remberto Ramírez Ruiz, nació el tres de marzo de 1933, en Santa Clara, provincia de Las Villas. Creció en le seno de una familia campesina, propietaria de dos fincas ganaderas. Cuenta, su hermano Rodolfo, que Porfirio era alegre, afable y cordial, empero, discreto y serio. Aunque colaboraba en las labores del campo, no dejaba el estudio, porque “nunca dejo de pensar en superarse en la vida”. De grado en grado, cursar la enseñanza elemental, superior, y estudia en la Escuela de Comercio, donde llegó a laboral como profesor.
Las personas que conocieron al “El Negro”, como le llamaban afectuosamente, dicen que era buen jugador de béisbol, tenía excelsa moderación, talentoso, benevolente y reflexivo ante las injusticias. Por estas virtudes, Porfirio censura el golpe de Estado que protagoniza Fulgencio Batista y Zaldivar, el 10 de marzo de 1952.
A finales de la década del cincuenta, 1958, el profesor de la Escuela de Comercio y estudiante de la Universidad, se incorpora a las fuerzas rebeldes del Segundo Frente Nacional del Escambray, bajo las ordenes del comandante Eloy Gutiérrez Menoyo. Ya “con el grado de capitán, junto a otras fuerzas insurgentes, participa en la toma de Santa Clara”, batalla que marcará el principio del fin de la dictadura de Batista.
Lejos estaban de imaginar los cubanos, salvo pocos visionarios, que el poder en manos de Fidel, en pocos días se convertiría en un calvario para los nacionales.
Porfirio era uno de estos visionarios. Y a pocos meses del triunfo revolucionario, al igual que cercanos compañeros de lucha, comprenden que los sectores comunistas se están apropiando del poder, a lo que en su momento el capitán, estudiante, y líder dijo a su amigo Carlos Marcelo: “Marcelo, los comunistas no pueden coger el poder, esto es de nosotros los demócratas y si hay que volver a luchar no debemos pensarlo dos veces”.
Prontamente, la desilusión colma a los cubanos, al ver amordazada la libertad de expresión, la prensa, el surgimiento del sectarismo, la persecución y chivatazo, y el riesgo de ser fusilado por ser señalado de conspirar contra la revolución.
Cansado de los enfrentamientos, “en el campo de las ideas”, la reacción de Porfirio “El Negro” Ramírez fue la misma de muchos cubanos de bien, arriesgar todo para salvar a Cuba, de los tentáculos de la dictadura Castro-comunista.
Poco a poco, se organiza el alzamiento, se consolida la conspiración en el Macizo de Guamuhya. El 23 de agosto de 1960, el levantamiento ya es un hecho.
La ofensiva gubernamental no se hizo esperar. El acoso tenaz de miles de milicianos, miembros del ejercito rebelde y de la seguridad del estado, los sistemáticos enfrentamientos, cercos y peines, hizo más difícil la estabilidad de las fuerzas insurgentes a la que se sumaría la falta de alimentos, municiones y armas. Era evidente que el objetivo de la incipiente dictadura era la captura o muerte de los alzados.
Porfirio era consciente de los peligros y la difícil situación en la que estaban, empero, “en ellos prevalecía la dignidad y convicciones”. Finalmente, se impuso el poderío de las fuerzas gubernamentales, y el 8 de octubre de 1960, cae prisionero junto a otros guerrilleros.
No los ejecutan in situ, los llevan a Topes de Collantes, “un hospital convertido en prisión por el régimen”. Posteriormente, los trasladan a Santa Clara, ante el tribunal revolucionario que los juzgara, en las instalaciones del regimiento Leoncio Vidal.
El juicio se desarrolla durante dos días, entre el 11 y el 12 de octubre, pero, la sentencia estaba dictada desde La Habana, dicen algunos que por el Che, otros que por el propio Fidel. El objetivo es desprestigiar a los alzados, entre ellas dos mujeres. Los carniceros del tribunal y la fiscalía actuaron sin el menor pudor y dilación, los condenan con ofensas y escarnio, maldad y odio, calumnias y acusaciones de traición.
En horas de la noche, del 12 de octubre, en la finca La Campana, Escambray, Las Villas, fusilan a los jefes guerrilleros: el capitán del ejercito rebelde y Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Las Villas, FEU, Porfirio Remberto “El Negro” Ramírez Ruiz; el capitán del ejercito rebelde Silesio Walsh Ríos; el comandante del ejercito rebelde Plinio Prieto Ruíz; José A. Palomino Colón y Ángel Rodríguez del Sol. Empero, Porfirio y sus compañeros de lucha, no serían los únicos mártires. Cientos de cubanos han muerto frente a los pelotones de fusilamiento, y miles se alzaron contra el régimen en los años 60s.

Los laberintos de los hechos sociales son imposibles abarcarlos en pocas cuartillas, como si las consecuencias e influencias se amalgamaran al misterio del destino o la providencia divina. Puede pensarse que lo ocurrido el 12 de octubre: era una represalia, por el aumento de los opositores y alzados. También, por el primer desembarco marítimo contra el régimen fidelista, el día 5, que acontece por la región de Baracoa. Tal vez, por la fuga de 15 presos políticos, de la prisión del Castillo del Morro, en La Habana; una fuga espectacular y con ayuda de organizaciones clandestinas, el día 13, los reos salen ilegalmente de Cuba.
En mi modesta opinión, algo si es cierto, el gobierno manipuló la verdad de lo que había ocurrido en el Escambray, y las acciones de los participantes en el alzamiento del 23 de agosto de 1960, para justificar los fusilamientos y encarcelamientos. A todas luces, una estrategia coercitiva para todo el que intentara seguir el ejemplo de aquellos que se oponían o desafiaran a la “revolución”.
Para concluir, lo expresado aquí es un sincero homenaje a la memoria de los que el 12 de octubre de 1960 sacrificaron la vida, y a los que sufrieron prisión. Un crimen cometido hace 48 años y que hoy sigue sin castigo. También, un homenaje extensivo a todos los cubanos que han muerto en las cárceles. Asimismo, a los que hoy luchan y a los que lucharon para que Cuba sea libre de las garras de la dictadura Castro-comunismo, como los jóvenes: “Juan Becerra Rodríguez, muerto en combate el día 24 de marzo de 1963; Calixto Alberto Valdés, fusilado el 17 de septiembre de 1963; Tony Chao, herido durante un enfrentamiento con la Seguridad del Estado y fusilado en La Cabaña, aunque había quedado inválido como consecuencias de las heridas”—. Tengo fe en el tiempo, porque con el regresará la justicia y libertad a Cuba.
Por último, los hechos que entristecen el alma y animaron escribir estas líneas, han ocurrido sistemáticamente durante cerca de cincuenta años, y no sería posible conocerlos y mucho menos reseñarlos, como lo hago ahora, sin la excelsa labor que realizan los doctores Pedro Corzo y Enrique Ruano, las Directivas, Asesores e Historiadores del Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo, ha ellos llegue un fervoroso reconocimiento. ?

Bibliografía consultada:
>Cronología de la lucha contra el totalitarismo 1959-2006. Autor Pedro Corzo
>Mártires del 12 de octubre de 1960. La Campana. Escambray. Las Villas.
>Web del Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo. http://www.cubamemorial.net/

*Pablo Felipe Pérez Goyry. Analista y Periodista. Premio José María Heredia de Periodismo 2008. Miembro del Instituto Nacional de Periodismo Latinoamericano (INPL). Miembro de la Federación Internacional de Periodistas Digitales (FIPED).
Web Contextus: http://es.geocities.com/libertadeopinion/.
Blog Contextus: http://contextuspablofeliperezg.blogspot.com/.

El que suscribe es del

El que suscribe es del pueblo de La Esperanza en Las Villas fuiamigo de Porfiro Remberto Ramirez todo lo que se dice en esta pagina es verdad y es un homenaje a todos los caidos en aquella lucha

El que suscribe es del

El que suscribe es del pueblo de La Esperanza en Las Villas fuiamigo de Porfiro Remberto Ramirez todo lo que se dice en esta pagina es verdad y es un homenaje a todos los caidos en aquella lucha

simpatizante Cuba Estado Libre Asociado de USA.

La isla de cuba no va a ser una prospera democracia si antes no se parte de la base de actualizar la nacionalidad cubana por la de USA.
Ejemplo: USA invadió militarmente Haití y no actualizo la ciudadanía Haitiana por la de USA y actualmente Haití esta confrontando tremendos problemas de pobreza he inestabilidad. Se ha tratado de solucionar el problema de Haití metiendo tropas de otros países en Haití mediante la ONU.
Haití tiene una comunidad Haitiana en el Sur de la Florida, los aviones van y vienen USA-Haití y viceversa repletos de haitianos, claro esta solo para el haitiano en gran % que tiene estatus migratorio en USA. ¿Ustedes no le parece que hay discriminación entre el Haitiano que es ciudadano de USA con movilidad y el Haitiano que no es ciudadano de USA?
En la isla de Cuba independiente de USA, no va a ver mucha diferencia entre la actual Haití y Santo Domingo y la futura cuba independiente de USA, aunque hay un % de cubanos que se crean mas dotados mentalmente que los haitianos y Dominicanos.
Si los cubanos fueramos mas dotados mentalmente que los Haitianos y Dominicanos no hubiéramos tenido y tenemos dos dictaduras consecutivas la de Batista y los hermanos Castro.
En Dios confiamos.

EU y AL en la guerra fría

Decía en un comentario anterior que presentar las relaciones entre Estados Unidos y América Latina en los años 50 como si estas hubieran sido únicamente con dictaduras militares de derecha es históricamente equivocado. Ahora agrego que sobre el tema no sólo han escrito los historiadores norteamericanos, que cita López Levy, sino latinoamericanos como Soledad Loaeza en México, Eduardo Posada Carbó en Colombia, Alfredo Jocelyn Holt en Chile o Natalio Botana en Argentina. En los estudios de estos y otros autores se demuestra que Estados Unidos se relacionó bien con gobiernos democráticos de mayor o menor tendencia nacionalista, en los años 50, como los de Carlos Ibáñez del Campo y Jorge Alessandri Rodríguez en Chile, Carlos Luz, Nereu Ramos y Juscelino Kubitschek, del Partido Social Democrático, en Brasil, Arturo Frondizi en Argentina, Adolfo López Mateos en México y Rómulo Betancourt en Venezuela. Sobre este último gobierno, es cierto que Washington respaldó la dictadura de Pérez Jiménez pero no es menos cierto que a partir de 1958 respaldó la democracia nacionalista de la segunda presidencia de Betancourt. El objetivo de Washington era contener el comunismo en la región, fuera por medio de dictaduras o de democracias.

UN PASADO PROBABLE

UN PASADO PROBABLE
En una conferencia en el prestigioso Instituto Aspen, Colorado, alguien preguntó a Henry Kissinger que hubiera pasado si en lugar de asesinar al presidente Kennedy, Lee Harvey Oswald hubiese asesinado a Nikita Kruschev. Después de mirar al techo y suspirar, Kissinger contestó que lo único seguro era que Onassis nunca se hubiera casado con la señora de Kruschev.
La anécdota viene a propósito del articulo de Rafael Rojas “un pasado virtual” que explora lo que pudo ocurrir en Cuba, si Batista no hubiera dado el golpe de Estado en 1952, si el partido del pueblo cubano (ortodoxos) hubiese ganado las elecciones de 1952 y hecho un buen gobierno, si Estados Unidos no hubiera apoyado a Batista hasta 1958, si Fidel Castro no hubiera triunfado, y sobre todo si la revolución cubana no se hubiese radicalizado hacia el socialismo.
Como en el “escenario virtual” de Rojas cambian tantos hechos, cualquier cosa pudo ocurrir. Por eso me concentrare en los elementos factuales a partir de los cuales Rojas construye su principal escenario alternativo: “la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy (Rojas comete un error pues Kennedy no asumió la presidencia hasta enero de 1961) estaban dispuestos a mantener el vinculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética”. Si se toma la historia de las relaciones Cuba-Estados Unidos en su totalidad, sin reducirlas a las declaraciones oficiales y al vínculo diplomático formal es difícil concordar con tal afirmación.
Entrando en el análisis contra-factual, argumentare que, aplicando la condición de ceteris paribus (todo lo demás igual), metodológicamente recomendada para estos ejercicios, la posibilidad de que Estados Unidos, específicamente la administración Eisenhower, hubiera acomodado al gobierno de Fidel Castro dentro del sistema interamericano, si este último no se hubiera aliado con la Unión Soviética, no era el escenario mas probable.
Baso mi análisis en dos razones: 1) La concepción general de política exterior norteamericana hacia América Latina concebía el nacionalismo tercermundista como enemigo de los intereses económicos norteamericanos y una amenaza a la “solidaridad continental” anticomunista demandada como parte de la presunción hegemónica norteamericana en el hemisferio. 2) En el caso especifico cubano, los grupos que dentro de la política exterior estadounidense abogaban por apaciguar la revolución nacionalista fueron derrotados por los proponentes de un cambio de régimen en el primer semestre de 1960, cuando el transito al socialismo no había ocurrido aun.
Un debate como el que Rojas propone sobre escenarios alternativos debe partir de un modelo sobre la relación bilateral, que explicite las relaciones y jerarquías entre las variables. Un modelo es importante porque en su ausencia, los hechos son traídos a conveniencia para criticar o exonerar arbitrariamente la responsabilidad de Fidel Castro y los revolucionarios radicales en el conflicto. En mi caso, parto de las siguientes premisas: 1) la política de Eisenhower hacia el nacionalismo cubano era parte de su estrategia general hacia esa tendencia en América Latina. 2) Estados Unidos no es un actor racional unitario por lo que la política hacia Cuba es resultado de debates internos entre diferentes grupos e intereses.
¿Cuál fue la política hacia América Latina de la Administración Eisenhower?
Para dilucidar la sugerencia de Rafael Rojas que un entendimiento entre Washington y la revolución cubana era el escenario más probable si esta hubiese sido solo nacionalista discutamos la actitud de la administración Eisenhower hacia el nacionalismo latinoamericano.
Documentos programáticos de la política exterior norteamericana en los 50 como el informe de George Kennan “América Latina como problema en la política exterior de Estados Unidos” y el NSC 69 registran que Estados Unidos percibió el auge del nacionalismo latinoamericano como una seria amenaza a su seguridad.
La respuesta de la administración Eisenhower ante ese reto fue reforzar relaciones fraternas con los dictadores y promover el autoritarismo contra los gobiernos nacionalistas como el del trienio adeco. Según Robert Woodward, quien fue embajador norteamericano en Costa Rica (1954-58), el secretario de Estado John Foster Dulles llegó a decir que los dictadores “son las únicas personas en las que podemos confiar”. (Citado por Stephen Rabe, 1988, “Eisenhower and Latin America, Univ of North Carolina Press, )
Para la administración Eisenhower, el nacionalismo era una amenaza pues una “tercera vía” o “una posición neutral entre el comunismo y el mundo libre” debilitarían “la solidaridad continental” contra los intentos de la URSS de crear cuña entre Occidente y los estados emergentes en el mundo postcolonial. El nacionalismo tercermundista - entendido correctamente por la CIA en su informe “Principal aspects of socialism in Latin America” de 1958- ponía sus intereses de desarrollo económico, búsqueda de mercados y apoyo a la industrialización por encima de los objetivos de la lucha anticomunista liderada por Estados Unidos.
Más aun, las políticas de neutralismo activo podían usar la agresividad soviética en romper el cordón sanitario impuesto por Occidente, para balancear a las potencias una contra otra y obtener términos más ventajosos. Como demostraron luego el gobierno peronista en Argentina, Velasco Alvarado en Perú, y Omar Torrijos en Panamá, la CIA no estaba errada en su cálculo que los nacionalistas latinoamericanos establecerían relaciones a su conveniencia con la URSS sin dar prioridad al anticomunismo.
Estados Unidos se veía a sí mismo, sacrificando recursos y vidas por la contención del comunismo en Europa y el Este de Asia. Tenía poca paciencia para lo que veía como falta de solidaridad latinoamericana hacia su papel de líder del “mundo libre”. Revelador es el informe de Milton Eisenhower sobre su viaje a América Latina en 1953: “El ultranacionalismo, con su ceguera frente a los intereses de largo plazo, desempeña hoy en día un papel retrogrado, empujado por agentes comunistas, cuya ayuda es, en algunos casos, aceptada por lideres políticos no-comunistas por razones de ventajas políticas coyunturales” (Citado por Pettina (2007) “Del anticomunismo al antinacionalismo: La presidencia Eisenhower y el giro autoritario en la América Latina de los años 50, Revista de Indias, Vol. LXVII, num. 240, 2007, p.594).
Alegar la aceptación estadounidense del nacionalismo mexicano de Cárdenas y la Venezuela de Betancourt para fundamentar la disposición norteamericana a aceptar la revolución nacionalista cubana ignora las características específicas de la política latinoamericana de Eisenhower. El proceso cardenista ocurrió bajo la política del buen vecino, en las vísperas de la segunda guerra mundial.
Para hablar de acomodo norteamericano a la Venezuela de Acción Democrática, Rojas debió precisar a qué gobierno adeco se refería. Desde 1948 hasta 1958, cuando fue derrocado el presidente Rómulo Gallegos, las administraciones Truman y Eisenhower apoyaron al dictador Marcos Pérez Jiménez contra la denuncia de Betancourt contra el “imperialismo petrolero”. No es que nadie en Washington percibiera el nacionalismo de Rómulo Betancourt como la alternativa más efectiva al comunismo. El tema es que los que así pensaban, perdieron la batalla burocrática en Washington hasta que Kennedy llegó al poder.
Incluso después del pacto de Punto Fijo, que excluyó al partido comunista, la administración Eisenhower chocó reiteradamente en la OEA contra los intentos de Betancourt y su canciller Ignacio Luís Arcaya por promover la independencia puertorriqueña y la exclusión de dictadores de derecha como Somoza, Trujillo y Strossner del sistema interamericano. La oposición de Washington a la política antidictatorial de Betancourt estuvo en plena consonancia con el apoyo otorgado durante toda la administración Eisenhower a diferentes dictadores en América Latina desde Trujillo hasta Somoza. También fue coherente con las acciones desestabilizadoras desde fines de la Administración Truman contra gobiernos nacionalistas como los de Arévalo y Arbenz en Guatemala, los de Vargas y Perón en Brasil y Argentina y ultimo pero no menos importante, la invasión bajo la bandera de la OEA contra los militares nacionalistas dominicanos de Caamaño en 1965. No en balde, el presidente brasileño Lula Da Silva llamó a la OEA a disculparse por las agresiones contra los pueblos que se cometieron impúdicamente en su nombre.
Un caso singular sería el de la revolución del MNR en Bolivia donde la administración Eisenhower acomodó al gobierno que ejecutó una reforma agraria moderada y nacionalizo las minas de estaño. Dos puntos explicarían esta excepción: 1) Bolivia no estaba en el directo traspatio de los Estados Unidos, 2) El Movimiento Nacionalista Revolucionario no solo era nacionalista sino tenía una profunda ideología anticomunista. Aun así, cuando las tendencias nacionalistas más radicales en el MNR se consolidaron, Estados Unidos favoreció primero la reelección de Paz Estenssoro a la presidencia en violación del acuerdo original contra la reelección y después el golpe militar del vicepresidente Barrientos.
El caso cubano:
En el caso cubano, las investigaciones disímiles de Carlos Alzugaray, Thomas Patterson y Mark Falcoff concuerdan en que Estados Unidos trató de evitar todo el tiempo el triunfo de las fuerzas revolucionarias del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. Estos tres autores concuerdan que hasta el otoño de 1958, Estados Unidos procuró una solución de la crisis basada en las elecciones organizadas por la dictadura. Solo a inicios de diciembre, con la misión Pawley, se aceleraron acciones para sustituir a Batista por una tercera fuerza, sin compromiso con el batistato. Tal hecho indiscutible demuestra que hasta 1958, Eisenhower prefirió a Batista como alternativa a cualquier nacionalismo.
Mark Falcoff, el académico que más ha avanzado en la dirección apuntada por Rojas, ha dicho, contra la crítica de Bill Leogrande (Discusión en el Instituto Cato, 19 de Noviembre de 2002) que un acomodo de Estados Unidos con el nacionalismo latinoamericano era posible. Según Falcoff, a pesar de la “excesivamente estrecha visión” de la administración Eisenhower, “anticomunismo y protección de las inversiones norteamericanas”, sus gestores de política, avanzaban en la comprensión del nacionalismo, al entender que los latinoamericanos “podían tener prioridades diferentes”. Falcoff apunta que en algunas discusiones de la Administración Eisenhower hay semillas de lo que fue luego la Alianza para el progreso.
De la posibilidad de Falcoff a la probabilidad de Rojas hay buen trecho. Si Rojas demostrara que las relaciones de Estados Unidos hacia América Latina bajo Eisenhower (o incluso bajo Kennedy, LBJ o Nixon) estuvieron guiadas por la promoción democrática o el acomodo al auge nacionalista en América Latina en lugar de por la presunción hegemónica y la defensa de los intereses estratégicos y económicos, su articulo sería una contribución significativa al estudio de las relaciones interamericanas. No ocurre en esta ocasión.
Rojas tiene razón que después del triunfo de la revolución, hubo tendencias apaciguadoras como el envió del embajador Bonsal a La Habana. El tema es que basa sus aseveraciones sobre el predominio de tendencias acomodadoras al nacionalismo en las declaraciones oficiales y los intercambios con el embajador Bonsal, como si toda la política exterior se redujera a ellas. Las entrevistas de Bonsal, las mediaciones del embajador argentino Amoedo y los comunicados de Eisenhower son parte de la política exterior pero pensar que esta se reduce a aquellos es ¡por favor! una ingenuidad.
Además de la relación diplomática entre el embajador Bonsal y el gobierno revolucionario, la política de Estados Unidos hacia Cuba incluía también: 1) las represalias económicas contra las medidas nacionalistas, 2) la búsqueda del aislamiento de Cuba en la OEA siguiendo el precedente de la resolución anticomunista de 1954 en Caracas 3) la mediación con otros gobiernos para denegar a la revolución capacidades militares contra los grupos contrarrevolucionarios, e incluso forzar a Castro a una relación con Moscú que permitiera una oposición mas abierta al proceso 4) El apoyo encubierto a grupos opuestos a la revolución nacionalista, empezando por la denegación de extradición, sin siquiera aplicar juicio propio a los criminales del antiguo régimen que se refugiaron en Estados Unidos y a los cuales no se le aplicó la ley de neutralidad con el mismo rigor que a los antibatistianos.
En relación a la OEA y las sanciones económicas fue evidente que Estados Unidos intento repetir, la estrategia de aislamiento que usó contra Arbenz en Guatemala. Es difícil demostrar que Cuba era el país menos democrático del hemisferio entre 1959 y 1962. ¿Y Trujillo? ¿Y Strossner? No es casual que la invasión de Bahía de Cochinos partió desde el feudo de Somoza y que la cuota azucarera que le quitaron a la isla fue repartida entre los dictadores del hemisferio.
En ciencias sociales, la estrategia de escoger una teoría y pescar solo los hechos que la corroboren, ignorando aquellos que la contradicen, no es metodológicamente aceptable. Rojas tiene simplemente que discutir los hechos concretos de política encubierta desestabilizadora que contradicen su teoría sobre un probable acomodo del nacionalismo por Estados Unidos.
Finalmente, la tesis de Rojas es también débil si se aplica a la historia de las coyunturas críticas del vínculo bilateral. El propio Bonsal reconoció que sus posiciones apaciguadoras fueron derrotadas en el departamento de Estado por aquellos que preferían un rumbo más agresivo.
Acciones que, desde la mirada hegemónica norteamericana, son percibidas como gestos pro-comunistas, no lo son desde la autodeterminación de los pueblos y el derecho internacional. Los acuerdos comerciales con la URSS y los países del bloque comunista son acciones legitimas del gobierno cubano en 1960 que no necesariamente van dirigidas contra Estados Unidos aunque si contra la disciplina de alianza automática que quería imponer al hemisferio occidental. Revolucionarios moderados que luego rompieron con Fidel Castro- como Carlos Franqui-han descrito que vieron con simpatía la visita de Mikoyan a la Habana pues “servia para afirmar nuestra independencia”.
El diferendo por el refinamiento de petróleo empezó cuando Cuba quiso comprar crudo directamente, evitando la intermediación monopólica de las compañías petroleras. Si eso no fue un choque entre nacionalismo y hegemonía, es difícil saber que es. Según Bonsal (1971), él, sus aliados en el departamento de Estado y los ejecutivos de las refinerías norteamericanas habían apoyado que las compañías negociarían el tema del petróleo soviético con el gobierno y si el acuerdo no les parecía justo llevaran el caso ante tribunales cubanos. Solo si las compañías consideraban injusto el fallo de los tribunales cubanos, la embajada convertiría el tema en parte del diferendo bilateral. El cuatro de junio de 1960, Bonsal recibió un mensaje de su aliado en la lucha burocrática en Washington, el secretario asistente Rubottom, que le aclaraba que esa posición había cambiado. El secretario del Tesoro Robert Anderson incitó a las compañías a negarse a procesar el petróleo soviético pues tal postura estaría más acorde con la política de Estados Unidos.
La defenestración de Roy Rubottom como secretario asistente para Asuntos Interamericanos en Julio de 1960 trasmitió una señal clara sobre quien había ganado la guerra burocrática en Washington. Rubottom, que era identificado como la cabeza del grupo acusado de flojo con Castro por el exembajador Earl Smith y otros macartistas, fue enviado de embajador a la Argentina.
Para avanzar sus escenarios alternativos de entendimiento entre Estados y el nacionalismo cubano, no es suficiente que Rojas demuestre que había apaciguadores en la diplomacia estadounidense sino que, en ausencia de la orientación comunista del gobierno cubano, esos sectores hubiesen prevalecido. Quizás Rojas tenga evidencias de que los acomodadores estaban ganando la batalla en Washington pero no las ha presentado.
Aun cuando es útil distinguir entre autorizar una invasión exiliada a Cuba de ordenar su planeación, la historia especifica de Bahía de Cochinos demuestra que planear la invasión determinó significativamente el menú siguiente de opciones disponible para la Administración Kennedy y también las opciones de Fidel Castro que desde muy temprano supo que ese curso de acción tomaba vigor. Las obras de Schlesinger y Sorensen así como documentados estudios sobre el desastre de Bahía de Cochinos (Peter Kornbluth, Bay of Pigs Declassified, 1998) demuestran que una vez que Eisenhower tomo esa decisión, la invasión se convirtió en el curso de acción central y el más probable.
Conclusión:
La posibilidad de un entendimiento entre Estados Unidos y cualquier nacionalismo en abstracto entre 1959 y 1961 es difícil de probar o rechazar. Muchas cosas pudieran cambiarse y quizás Estados Unidos hubiera aprendido a vivir con Fidel Castro o alguno de sus sucesores si estos hubiesen sido como José Figueres. El tema es que el nacionalismo del 26 de Julio y el Directorio Revolucionario, las dos fuerzas centrales de la revolución, era mucho mas radical que el del líder costarricense.
Las evidencias presentadas por Rojas para afirmar que Estados Unidos trataba de acomodar al nacionalismo latinoamericano en 1959 y 1960 no refutan en modo alguno que el diseño general de la política hacia la región consideraba al nacionalismo, democrático o autoritario, una amenaza a la solidaridad continental anticomunista. Sin aportar ningún elemento que tal enfoque hubiese cambiado, el escenario que propone como el más probable para las relaciones interamericanas no pasa de ser una hipótesis audaz.
Como he escrito en otra ocasión (Lo que Carter puede preguntar, Encuentro en la Red, 14 de junio de 2002) durante la presidencia de James Carter, Fidel Castro puso su ideología comunista por encima de los intereses nacionales cubanos. Robert Pastor, quien fue testigo de la conversación ha relatado que, a inicios de la Administración Carter, el subscretario de Estado Peter Tarnoff le dijo expresamente a Fidel Castro que Carter tenia intenciones de eliminar el embargo y restablecer relaciones con Cuba. Tarnoff pidió que Cuba se abstuviera de lanzar nuevas intervenciones más allá de Angola. Cuba intervino militarmente en apoyo del dictador etíope Mengistu Haile Mariam en 1977. Se puede afirmar, que, “ceteris paribus”, las acciones de Fidel Castro redujeron sustancialmente la probabilidad de un entendimiento con EE.UU.
Ese no fue el caso en el periodo 1959-1961. No es que el alineamiento de Fidel Castro y los radicales de su entorno, como Che Guevara y su hermano Raúl, con Moscú haya sido irrelevante al conflicto. El tema es que los líderes revolucionarios identificaron mejor que Rojas la correlación de fuerzas en la Administración Eisenhower en 1960 y cuál era la política de Estados Unidos hacia América Latina. Si Castro no hubiera sido comunista, pero hecho la reforma agraria y las nacionalizaciones, y ejercido la neutralidad activa y equidistancia de Occidente y del comunismo, que declaró en 1959, lo más probable es que el conflicto con Estados Unidos hubiese ocurrido, solo que Cuba estaría en una posición más débil.
Finalmente quisiera agregar una observación adicional. Coincido con Rojas en las diferencias que establece entre “las nuevas izquierdas latinoamericanas” y el socialismo cubano así como en la necesidad de atenderlas para integrar a Cuba en el hemisferio. Aunque Cuba nunca fue “soviética” como la define Rojas, el articulo de Rafael Hernández en este numero (“El Legado cubano”), no discute las profundas similitudes entre el comunismo cubano y el modelo de partido único y de animadversión al mercado que fracasó en la URSS.
En Cuba, hay un sistema político en el que en cincuenta años no se ha producido mas que una renovación en la cima (La no reelección fue una conquista revolucionaria mexicana que la revolución cubana abandonó), y en el que la meta nacionalista de desarrollo económico sigue siendo apenas una aspiración. Esas características, sin demeritar las conquistas sociales que Hernández destaca y el fortalecimiento de la conciencia nacionalista, también son un legado cubano. Pero ese, es otro debate.

Arturo López Levy enseña Política Comparada, y Problemas de Economía Mundial en la Escuela Josef Korbel de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver.

probable no, plausible

Sólo algunas reacciones puntuales a la interesante réplica de Arturo López Levy:

1. Creo que cuando hablé de pasado virtual lo hice más pensando en una trama plausible o "alternativa", que es como Ferguson y Hawthorn entienden la historia contrafactual, que en posibilidades o probabilidades del pasado.

2. Cuando me referí a Kennedy tenía en mente varios discursos de su campaña, en 1960, en los que, en medio del lenguaje anticomunista, habló de la necesidad de reforzar el entendimiento con las democracias latinoamericanas. No me refería al Kennedy presidente, sino al Kennedy candidato.

3. Creo que la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina en la guerra fría no se puede reducir al respaldo de Washington a las dictaduras militares, que en efecto se produjo. La relación no sólo con el México de Cárdenas, sino con el de Alemán o López Mateos, ya en plena guerra fría, o con los nacionalismos democráticos anticomunistas, que fueron varios en la región, nos habla de otro tejido diplomático, que no debe obviarse a la hora de armar una historia más compleja de la política latinoamericana de Estados Unidos en los años 50.

4. Habría que ponderar aún más el rango excepcional que Cuba, al igual que México o Puerto Rico, tenía -y tiene- dentro de la política exterior de Estados Unidos. Reitero el tópico: Cuba no era Guatemala.

5. La historia de las relaciones entre Estados Unidos y la Revolución está en proceso de reescritura. La tesis de que "Estados Unidos evitó a toda costa el triunfo de la revolución" es muy cuestionable. La lectura de los despachos consulares norteamericanos en la Habana y Santiago de Cuba, entre 1957 y 1958, es suficiente para desestabilizar esa tesis ¿No es posible que una política tan compleja como la norteamericana estuviera contemplando varios escenarios a la vez?

6. El primer momento en que el derrocamiento del régimen cubano es considerado como política de Estado, a partir de una resolución del Consejo de Seguridad Nacional, es marzo de 1960, como reacción al acuerdo entre Moscú y la Habana de febrero de ese año.

7. El conflicto por la demanda cubana de procesamiento de crudo soviético a las refinerías norteamericanas no formó parte de una estrategia nacionalista sino, ya, de una alianza comercial de la Revolución con el campo socialista y China, ligada a la decisión de postergar indefinidamente las eleciones, concentrar el poder, ilegalizar a la oposición, en suma, "transitar al socialismo", como bien decían los marxistas cubanos hace apenas quince años. Ya para entonces estaban firmados los principales convenios con los países del bloque soviético, que contemplaban créditos e inversiones por cinco años.

8. Desde el punto de vista historiográfico, creo que la mayor limitación de la bibliografía con que contamos es, precisamente, que ha dejado a un lado la historia diplomática y se ha concentrado en el estudio de los planes de la CIA y en la retórica de los principales líderes norteamericanos.

9. Otra gran limitación de la historiografía que cita López Levy, y que, en efecto, es la que más ha avanzado en el tema, es que pocas veces considera al gobierno revolucionario como un actor del conflicto entre Estados Unidos y Cuba.

10. Por último, cuando me he referido a la Cuba soviética, en este y otros artículos, he querido significar un período histórico, el de la alianza entre la Habana y Moscú, que va de 1961 a 1992, y no trasmitir la idea de que el socialismo cubano fue "idéntico" al de la URSS. Coincido con Rafael Hernández en que la mayor sovietización institucional de la isla se produjo entre 1971 y 1986, pero el vínculo primordial, desde el punto de vista ideológico, político, económico y militar, entre ambos países, comenzó antes y terminó después.

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