Un nuevo segmento comercial ha emergido en la primera década
del siglo XXI. Son ricos, felices y viven solos en pisos céntricos. Sin embargo,
lo que la sociedad olvida –o silencia– es la otra cara de estos neosolteros:
pobres sin interés para el marketing, divorciados, parados e ignorados
por el mercado.
Hace unos años, una broma pesada
corría en el mundo de los
negocios a propósito del segmento
de mercado entonces de
moda, al descubrirse el envejecimiento de la pirámide
de población: los llamados seniors. La broma rezaba
así: “¿Cuál es la diferencia entre un viejo y un
senior?”. Y la respuesta, que se suponía debía dejar
estupefacto al interlocutor de turno, antes de hacerle
reír a carcajadas, decía así: “30.000 euros en la cuenta
corriente. Si el viejo los tiene, es un senior; si no, no
es más que un viejo”. Este chiste tiene garantizado un
próspero futuro con el nuevo segmento del mercado
puesto de moda por la gente de los negocios en esta
primera década del siglo XXI. Se trata de los llamados
singles o, si prefiere, los neosolteros.
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Porque, ¿cuál es la diferencia entre un solterón fracasado, que no encuentra
pareja, desempleado, ignorado por todos, aislado y sin recursos en un barrio
deprimido, y uno de esos estelares singles, célibattants,
solos y neosolteros tan en boga en las revistas de último
grito, en las series de televisión de mayor éxito, categoría ascendente de nuestras
sociedades, objeto de toda la luz de los proyectores del planeta? Obligado reconocer
que la única diferencia es el poder adquisitivo. Poderoso caballero: ha hecho
perder la brújula a los medios de comunicación, que desbordan ríos de tinta
sobre un supuesto mundo de solos libres, felices y ricos, cuando todos los indicadores
señalan que las tasas de pobreza son brutalmente elevadas en el mundo de los
solteros.
El planeta vive una auténtica transición demográfica
o, como osan decir algunos sociólogos y
demógrafos, una revolución soltera. Los datos
sobre este hipercomplejo fenómeno son taxativos
y no permiten lugar a dudas: desde hace tres décadas,
crece sin cesar el número de personas que
optan por no vivir en pareja, a la fuerza o por
gusto, sobre todo en los países del Norte, y en
particular en los centros selectos de las ciudades
más sofisticadas. Crecimiento espectacular y generalizado
de la soltería que provoca un descenso de
los emparejamientos y de la natalidad. Las estadísticas
europeas más conocidas y globales, las del anuario Eurostat 2007, ofrecen una primera idea
aproximada del asunto: en promedio y salvo escasos
países de excepción, los europeos se casan cada
vez menos y más tarde. La tasa de nupcialidad en
la zona UE-15 había bajado de 5,2 bodas por mil
habitantes en 1994 a 4,7 en 2004. Al mismo tiempo,
los europeos se divorcian cada vez más y más
frecuentemente (0,5 divorcios por mil habitantes en
la UE-15 en 1960, frente a 2,1 en 2004).
Y, colmo de los colmos, sea cual sea su estado
civil, los europeos y las europeas viven cada vez
menos con una única pareja estable a lo largo de su
vida, y eso independientemente de que tengan hijos o no. Para rematar: en caso de que
nuestro europeo medio soltero
tenga efectivamente una pareja
estable –la otrora célebre pareja
de hecho– , tampoco es seguro que
forme un hogar: cada vez son más
elevadas las probabilidades de que
opte por entrar en una nueva categoría
de las estadísticas: los living
apart together (LAT), enamorados
que no comparten piso ni
piensan compartirlo.
Big bang de soltería, pues. Ahí
van cifras del censo de un país
como Francia, cuyo modelo, a
diferencia de los excesivamente precursores nórdicos o escandinavos, anticipa evoluciones
que se dan también en España, donde hay
seis millones de solteros entre 25 y 65 años. Entre
los adultos residentes en Francia de más de 15 años
de edad, un 39,9% de los hombres y un 32,8% de
las mujeres estaban solteros en 2006, es decir un
10% más que en 1980. Al mismo tiempo, sólo uno
de cada dos hombres y un 46% de las mujeres estaban
casados el año pasado, frente a un 65% y un
60% respectivamente en 1980.
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La tasa de bodas baja,
la de divorcios sube y, de la mano, el fenómeno de los ‘singles’ llega a
Europa |
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El boletín de octubre 2006 del Instituto Nacional de Estadística y Estudios
Económicos de Francia (Insee) apostilla: “En 1982, un 83% de los hombres de
35 años de edad vivían en pareja; en 2005, representan sólo un 71%. En el caso
de las mujeres, el descenso ha ido de 85% a 74%”. En 1999, el mismo Insee contabilizaba
en total casi ocho millones de hogares franceses compuestos por una sola persona
adulta, independientemente de su estado civil. En 2005, según cifras manejadas
por la empresa de estudios de mercado TNS Secodip, por primera vez desde que
las estadísticas tienen memoria, el número de hogares unipersonales pasó por
encima de los hogares compuestos por una pareja: 8,3 millones de hogares
solos (con o sin niños) frente a 8,2 millones regentados por una pareja.
Si a los solos que viven en un hogar unipersonal se añaden aquellos
que eligen vivir en pisos compartidos, quienes optan por el nomadismo (por gusto
o por obligación frente al precio de los alquileres), y los singles
que se quedan en casa de sus padres (categoría bautizada feamente como el single
parásito por la sociología japonesa), se alcanza la cifra de 14 millones
de personas adultas solteronas en Francia, según estimaciones del sociólogo
de la soltería por excelencia, Jean-Claude Kauffman, director de investigaciones
de un laboratorio del CNRS francés, y autor de un best seller sociológico
de principios del siglo XXI: La femme seule et le prince charmant (La mujer
sola y el príncipe azul).
El big bang de la soltería es un auténtico quebradero
de cabeza para el mundillo de los expertos
en estadística, porque hace saltar por los aires la validez
de los indicadores tradicionales. ¿Cómo contabilizar
a los living apart together, como pareja o
como solteros? Para despejar esa espesa niebla, el Instituto
Nacional de Estudios Demográficos (INED, en
sus siglas en francés) da primacía a un indicador: el
“tamaño medio de los hogares”, que indica el promedio
de personas que viven en una misma casa. Si
la cifra baja, eso indica que hay cada vez más hogares
con una sola persona adulta, prueba irrefutable
de un aumento de la soltería realmente existente. Y
así es: había pasado en Francia de 2,89 en 1975 a
2,31 en 2005. Según Eurostat, en la UE-25 se situaba
en 2,4 personas en 2005.
Un país como España sigue teniendo una media
elevada de tipo meridional, con 2,9 personas por
hogar. Pero atención: datos cualitativos señalan que eso está cambiando de forma acelerada. El número de
hogares unipersonales ha aumentado en un 82% entre
1991 y 2001, con un incremento particularmente acusado
(209%) entre los jóvenes solteros, de 25 a 34
años, según los datos recabados por Teresa Jurado
Guerrero en un artículo publicado por los Cuadernos
de Información Económica en junio de 2006, y basados
en cifras del INE. El número de hogares unipersonales
españoles constituidos por personas entre 16
y 34 años ascendía a medio millón. Este incremento,
añade la investigadora, se debe al “retraso e incluso
rechazo del emparejamiento entre los jóvenes y al
aumento de las rupturas conyugales”. Todo augura a
España un futuro a la francesa: como de costumbre,
nuestro país se suma tarde a una tendencia mundial,
pero lo hace a toda pastilla y quemando etapas.
TRAYECTORIAS DE AUTONOMÍA
Ahí es donde se empieza a ver con claridad la amplitud del fenómeno iniciado
por la generalización de lo que Kauffmann llama las “trayectorias de autonomía”
de las mujeres. La revolución soltera empezó bajo formas diversas en el siglo
XIX, y uno de esos puntos de partida fueron las miles de empleadas de los grandes
almacenes parisinos que tenían prohibido casarse y aprendieron a vivir libres,
dando la espalda a la mirada crítica y moralista de la sociedad puritana. Se
perfiló con la feminización del trabajo en Francia durante la Primera Guerra
Mundial y el agujero que dejaron las trincheras en el lado masculino
de la pirámide de población francesa. El big bang se confirmó en los
países escandinavos y nórdicos, cuando el Estado providencia asumió
sin complejos, desde los años 1920 y 1930, la tarea de consolidar las bases
de la soltería de las mujeres, al brindar ayudas sociales y subsidios a la madre
como individuo, y no a la familia como unidad de base de la sociedad. Las revoluciones
sexuales de los 50 y 60 hicieron el resto y dejaron el siglo xx a punto para
la estocada final. Hoy, en París, hay más hogares de una sola persona adulta,
con o sin niños, que los formados por parejas. En el Estado de Nueva York, más
del 50% de los hogares son unipersonales, y la Gran Manzana vive el
mismo fenómeno que París. Un estudio de la Caisse Nationale d’Allocations Familiales
francesa (CNAF) detecta las premisas de esa misma evolución en países como Marruecos,
Egipto, Senegal y Arabia Saudí, constatando, por el contrario, que las “trayectorias
de autonomía” no han llegado ni a Pakistán ni a Afganistán.
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