De Argentina a Zambia, sociedades de inversión están adquiriendo
la deuda de los Estados menos desarrollados, a los que demandan y acosan
para que devuelvan el dinero. Los activistas contra la pobreza les acusan de
aprovecharse de los pobres. Pero estos fondos buitre sólo están haciendo
aquello en lo que ha fracasado el sistema financiero internacional:
pedir cuentas a regímenes corruptos e irresponsables.
A Denis Sassou Nguesso, presidente
de la República del Congo, le gusta
vivir a lo grande. Durante una serie
de reuniones de la ONU en Nueva
York en 2006, se alojó con su séquito en el Waldorf
Astoria. Cuando se marcharon, seis días después, la
factura superaba los 100.000 dólares (75.000
euros). El mandatario se había gastado más de
20.000 dólares sólo en pedidos al servicio de habitaciones.
Otro capricho más del jefe de este pobre
Estado centroafricano, con un PIB per cápita que
ronda los 1.700 dólares y una esperanza de vida
de 54 años. En 2005, sus facturas de hotel en
Manhattan pasaron de los 300.000 dólares.
Quizá no previó que los periódicos occidentales
sacarían a la luz sus hábitos despilfarradores,
como hicieron a principios de 2007. Pero no debería
sorprenderse. Al líder congoleño le han surgido
algunos enemigos con recursos, buenos contactos
y ganas de hacer público el derroche oficial.
¿Por qué? Porque Brazzaville les debe decenas de
millones de dólares.
Como casi todos los Estados, Congo ha pedido grandes préstamos a bancos e inversores
occidentales en varias ocasiones. En teoría, la lógica de estas transacciones
implica que el Gobierno en cuestión consigue el dinero que necesita, y los inversores
obtienen un compromiso legalmente vinculante de cobro regular de intereses.
Pero Brazzaville, al igual que muchos otros países pobres y mal gobernados,
descubrió pronto que no podía hacer frente a los pagos. Muchos ejecutivos occidentales
e instituciones internacionales, espoleados por estrellas del rock como Bono,
les han condonado miles de millones. Aún así, es sólo una fracción de las deudas
que han contraído los gobiernos de los países en desarrollo. Además, éstos deben
miles de millones a empresas e inversores privados que no suelen ser tan benévolos.
Congo debe dinero a Elliott Associates, un fondo de inversión libre entre cuyas
especialidades se incluye lograr cobrar a los Estados morosos. Desde Manhattan,
esta compañía se ha convertido en el principal cobrador de deudas públicas.
Elliott y otras sociedades similares, llamadas de forma coloquial fondos
buitre, se enfrentan a los Gobiernos para asegurarse de que pagan lo que
deben. Normalmente los países a los que persiguen son pobres y, con frecuencia,
corruptos: Liberia, Nicaragua, Perú, Sierra Leona, Uganda o Zambia, entre otros.
La mayoría opera desde el extranjero y actúa con discreción. Uno de los directivos
más agresivos es Kenneth Dart, que vive en las Islas Caimán y no suele hablar
con los medios. Empresas como la suya compran bonos del Estado y otras obligaciones
de países con problemas, muchas veces a precio de ganga, y luego hacen lo que
la mayoría de los bancos occidentales no quieren (o los inversores privados
no saben) hacer: demandan, acosan y avergüenzan a los gobiernos morosos hasta
que abonan, al menos, una buena parte de la deuda. Y les va bien. En 1998, Perú
pagó a Elliott más de 58 millones de dólares por una deuda que el fondo buitre
había adquirido por mucho menos. A Nicaragua le han exigido más de doscientos
millones de dólares. Este año Zambia ha recibido la orden de pagar más de 15
millones a un fondo británico con sede en las Islas Vírgenes. En total, se calcula
que las reclamaciones judiciales de acreedores privados contra algunos de los
países más pobres del planeta superan los 1.000 millones de dólares.
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Un empresario suizo con
bonos rusos intentó quedarse con el reactor privado de Vladímir
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Como era de esperar, los fondos buitre se han convertido en el blanco
favorito de los ataques del movimiento a favor de la condonación de la deuda.
Sassou Nguesso los llama “serpientes en el océano” y “matones”. El desprecio
por estos cobradores se comparte en Occidente. “Al disminuir los recursos
de los países en desarrollo, reducen los fondos disponibles para educación y
hospitales”, afirma un portavoz del Ministerio de Hacienda de Reino Unido. Caroline
Pearce, de Jubilee Debt Campaign, organización británica que propugna una moratoria
en el pago de la deuda de los países pobres, opina que los fondos buitre
se equivocan, incluso cuando persiguen a Estados de renta media.
Sentado en su discreta oficina a las afueras de Manhattan, Jay Newman no parece
una persona insensible a los problemas sociales. Trabaja como gerente de cartera
en Elliott Associates y desprecia a los gobiernos que se niegan a pagar lo que
deben. Está convencido de que los fondos buitre son clave para poner
freno al “peligro moral” del impago.
Donde los partidarios del perdón de la deuda ven
países necesitados de ayuda, Newman ve Estados
corruptos y parásitos “que debilitan nuestro sistema
legal ignorando las leyes”. Según un representante
de la empresa, “los partidarios de la reducción de la
deuda deberían admitir que los beneficiarios de estas
condonaciones suelen ser regímenes corruptos e
incompetentes, que despilfarran la riqueza de sus países
y luego aducen que son pobres para evitar pagar
deudas legítimas”.
Siempre habrá quienes no puedan pagar. Esos Estados y sus acreedores se ven
obligados a negociar la deuda, y la mayoría de los inversores están dispuestos
a llegar a un acuerdo. En esta situación se dan las condiciones perfectas para
que los fondos buitre, que suelen exigir el pago íntegro de sus bonos,
entren en escena. Prestamistas que de otro modo estarían dispuestos a aceptar
60 centavos por dólar quizá se lo piensen dos veces si alguien puede cobrar
el importe íntegro. “Es como cederle tu asiento en el autobús a una viejecita
y ver cómo un niñato (...) se cuela y se lo quita”, dice Lee Buchheit, abogado
de Cleary Gottlieb, un bufete que representa a muchos gobiernos. Eso es lo que
ocurre con el mayor objetivo al que se han enfrentado los buitres:
Buenos Aires. Lejos de ser uno de los países más pobres, Argentina es una de
las potencias de América Latina, con confianza en sí misma y una economía en
expansión. Los inversores de todo el mundo observan con atención su lucha con
los fondos, cuyo desenlace tendrá eco en los mercados internacionales y en la
actitud de muchas otras administraciones. Puede que la condonación haya cautivado
la imaginación de los activistas de Hollywood, pero el cobro sigue siendo una
pieza clave del funcionamiento del sistema financiero internacional.
‘AFEITADO APURADO’ EN ARGENTINA
En diciembre de 2001, la crisis financiera y política que durante
meses venía consumiendo a Argentina llegó a un punto crítico. Los capitales
huían del país y la deuda asfixiaba al Gobierno. Sus dirigentes decidieron dejar
de pagar los intereses a decenas de miles de personas, fondos de pensiones e
instituciones financieras que poseían bonos del Estado. Fue el mayor impago
de deuda de la historia y sacudió aún más los ya convulsos mercados financieros,
que todavía estaban recuperándose de la crisis asiática y del derrumbamiento
de la economía rusa.
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En Buenos Aires, la decisión del Gobierno de no pagar la deuda fue bienvenida
como una declaración de independencia financiera. El Parlamento en pie ovacionó
al entonces presidente Adolfo Rodríguez Saá cuando anunció el plan. En total,
Argentina dejó de pagar bonos por valor de más de 80.000 millones de dólares.
Muchos de sus propietarios eran grandes instituciones con inversiones diversificadas.
Para ellas, el impago era un problema, no una catástrofe. Pero otros fueron
menos afortunados. Miles de pensionistas italianos habían comprado bonos a finales
de los 90 sin sospechar la crisis financiera que se avecinaba.
Cuando empezó a estar claro que la economía de
ese país estaba en caída libre, muchos quisieron deshacerse
con rapidez de sus bonos. Pronto podrían ser
papeles sin valor. Empresas como Elliott se pusieron
las botas. Las crisis pueden ser alarmantes para inexpertos,
pero estas voraces empresas están en su hábitat
natural. Antes de que Argentina suspendiese el
pago de la deuda, compró millones de dólares en títulos títulos
argentinos, en ocasiones a sólo 15
centavos por dólar. Entre tanto, Buenos
Aires se asesoró financiera y legalmente
y planteó a sus acreedores cambiar
los bonos por otros con un valor
aproximado de un tercio de los originales
o quedarse con los viejos y no
cobrar nada. Los inversores en Argentina
estaban a punto de sufrir un “corte
de pelo”, según la jerga del negocio. Y
les iban a cortar algo más que las puntas.
En casi todas las reestructuraciones
previas, los gobiernos habían ofrecido
nuevos bonos por valor de entre el 50%
y el 75% de los originales. Argentina
quería raparles el pelo al cero.
La mayoría de los acreedores apretaron
los dientes y aceptaron. Algunos
de los principales eran grandes bancos
que hacen negocios continuos con
gobiernos como el de Buenos Aires. No
querían que se enojase un cliente. Pero
varios fondos de inversión libre, junto
con grupos de inversores individuales
irritados, sobre todo italianos y alemanes,
interpusieron demandas judiciales
en EE UU. A medida que subía de tono
la batalla legal, lo hacía el enfrentamiento
retórico. “Si pagamos más, como
en los 90, sería un nuevo genocidio, ha
llegado el momento de que el mundo
ponga freno a los fondos buitre y a los insaciables bancos que pretenden seguir extrayendo
beneficios de una Argentina arruinada y herida”,
declaró el presidente Néstor Kirchner. Rodrigo Rato,
director gerente del FMI, sugirió que Buenos Aires tratara
a sus acreedores con respeto. Kirchner se mofó:
“A veces es patético escuchar al Fondo”. Para los
dueños de los bonos, Argentina había sido arrogante
y temeraria. “Intenta intimidar a la gente para que
acepte una oferta inaceptable”, dice Hans Humes,
que representa a inversores que tienen unos 40.000
millones de deuda. Argentina y los buitres aún intercambian
puñaladas mientras sus abogados se enfrentan
en los tribunales de Estados Unidos.
ASUMIR LAS CONSECUENCIAS
En mayo de 2006, una sentencia de un tribunal federal de Nueva York decretó
que Argentina debía a una sucursal de Elliott más de cien millones de dólares.
Otros poseedores de bonos, Kenneth Dart entre ellos, obtuvieron mejores resultados
en juicios aún más importantes. Este triunfo en los tribunales, que habría constituido
una victoria decisiva en casi cualquier otro litigio financiero, en el campo
de las demandas contra gobiernos era sólo el principio. De un modo u otro, los
fondos buitre ahora tenían que encontrar una manera de obligar a Argentina
a pagar. Durante siglos la mayoría de los sistemas legales occidentales consideraron
que los países eran intocables por los tribunales. Los gobiernos extranjeros
podían pedir o prestar dinero, pero cualquier disputa debía resolverse por la
vía política, no legal. La única opción para los inversores era convencer a
sus gobiernos de que les apoyasen. Sus ruegos solían caer en saco roto, porque
los Ejecutivos no quieren que las deudas privadas de sus ciudadanos o empresas
compliquen sus relaciones diplomáticas.
En ocasiones, los acreedores han hecho que sus
gobiernos actúen. En 1902, barcos de guerra europeos
impusieron un bloqueo en los puertos venezolanos
y hundieron varios navíos para obligar al país
a pagar sus deudas. Venezuela cedió. Pero usar esta
vía para resolver asuntos con morosos no ha sido lo
normal. En los 50, EE UU y Reino Unido decidieron
que hacían falta normas mejores. Los Estados realizaban
transacciones financieras cada vez más complejas,
y la idea de que tuviesen que ser inmunes a las
leyes que gobernaban a las empresas y los ciudadanos
resultaba más y más indefendible. En tanto
actuasen con fines comerciales, los países podrían ser
demandados como cualquier empresa privada. Los
días de la inmunidad estatal llegaban a su fin. En los
80 sucedió otro cambio importante. Los gobiernos,
sobre todo en América Latina, modificaron su forma
de endeudarse: empezaron a emitir bonos que cualquier
persona podía comprar. Estos dos cambios
dieron lugar a una nueva clase de acreedores, diversos
y dispersos, más difícil de controlar.
Pero ser un Estado aún tiene sus privilegios. Sus
fondos suelen estar ocultos o protegidos por leyes estrictas. Un gobierno
que se ponga nervioso
puede guardar sus
reservas en el Banco
de Pagos Internacionales
de Basilea, en
Suiza, que está protegido
legalmente contra
acreedores. Como
dice Jay Newman, de
Elliott Associates, los
abogados de Buenos
Aires están cubriendo
bien la retirada. Los
mismos tribunales
de Nueva York que
han determinado que
Argentina debe ingentes
sumas de dinero a
los titulares de sus
bonos han frustrado
cualquier intento de
hacer que pague.
En vista de este panorama legal desfavorable, los
fondos buitre se han hecho expertos en husmear en
busca de bienes de los Estados y apoderarse de ellos.
En 2000, Elliott logró que un tribunal de Bruselas se
incautase del dinero que circulaba en una operación
europea de compensación financiera y forzó al asustado
Gobierno peruano a saldar sus deudas. Incluso
un hombre de negocios suizo al que Rusia debía dinero
ha intentado que se confisque el reactor privado del
presidente Vladímir Putin, obras de arte valiosas y
varios aviones y un antiguo navío rusos. Al final fracasó,
pero los prestamistas permanecen vigilantes.
Por mucho temor que inspiren, hasta los cobradores
más decididos se las ven y se las desean. Cada
vez que los buitres localizan bienes con los que quedarse,
los gobiernos tapan el agujero. Argentina, ayudada
por los abogados de Cleary Gottlieb, se ha mostrado
muy hábil a la hora de eludir el acoso. En enero,
un tribunal de apelaciones estadounidense sentenció
que sus acreedores no podían confiscar fondos de su
Banco Central, un duro golpe para Elliott Associates.
Mientras, las declaraciones de Kirchner han adquirido
un tono triunfal. No hace mucho se refirió al
impago de la deuda como un tema “acabado” y el Parlamento
ha aprobado una ley que prohíbe al Gobierno
reabrir las negociaciones con los acreedores que se
negaron a participar en el cambio de bonos. Pero esta
fanfarronería puede ser prematura. Descontentos con
la vía legal, los buitres están saltando al terreno político. Como hicieron generaciones de prestamistas frustrados
antes que ellos, están presionando a la Administración
estadounidense para que intervenga. Este
intento de presión política se llama Grupo de Trabajo
Americano Argentina (American Task Force Argentina),
y en él se han enrolado varios cargos de tiempos
de Clinton como el subsecretario de Comercio Robert
Shapiro o Nancy Soderberg, entonces en el Consejo de
Seguridad Nacional, que quieren convencer al Gobierno
Bush y al Congreso para que presionen a Buenos
Aires. Si ese país se sale con la suya, insiste, otros
pueden seguirle. Y tal vez tenga razón. Hace poco
Ecuador pidió consejo a Kirchner para no pagar.
RESCATAR A ZAMBIA
Este tipo de actos sería innecesario si el mercado de la deuda pública dispusiese
de mecanismos para negociar civilizadamente cuando un Estado no puede hacer
frente a sus deudas. A pesar de los intentos del FMI, no se ha creado ningún
equivalente al procedimiento legal de quiebra para los países en dificultades.
El Banco Mundial hace lo que puede para ayudar a las naciones más pobres que
se enfrentan a acreedores privados agresivos. A veces compra bonos a sus titulares,
aunque los ocho centavos por dólar que paga no son suficientes para contentar
a casi ninguno. Los detractores de la deuda proporcionan asesoramiento legal
a los países en desarrollo y airean el nombre de los acreedores para presionarles
a condonar. Pero, por lo demás, sigue siendo un sistema de rapiña, en el que
los fondos buitre adoptan a menudo el papel de sorprendidas víctimas
de gobiernos corruptos poco de fiar. De hecho, buscan situaciones en las que,
a fuerza de litigar agresivamente, pueden obtener resultados mucho mejores que
los inversores corrientes. Pero también juegan un papel importante dentro del
ecosistema de las finanzas internacionales. Crean mercados secundarios
para quienes desean deshacerse de sus títulos y castigan a los países que no
pagan. Son una especie de ángeles vengadores de este mercado. “Los
fondos buitreañaden valor”, dice Mitu Gulati, profesor de la escuela
de derecho de la Universidad de Duke, “el mercado no funcionaría eficazmente
sin su presencia”.
Este argumento no convence a los partidarios de
la reducción de la deuda, que señalan el proceso contra
Zambia como ejemplo de las penurias que estas
empresas son capaces de ocasionar. Su deuda nació en
1979, cuando Rumanía le prestó dinero para comprar
tractores. Durante 20 años el tema nunca fue más
allá de los libros de contabilidad. Hasta que en 1999
un fondo buitre convenció a Bucarest para que le vendiera
sus derechos por unos pocos millones de dólares. Hoy, con una pobreza desgarradora y una epidemia
de sida, Lusaka puede acabar pagando una
cantidad muchas veces superior a la que le prestaron.
De todos modos, por cada Zambia hay una Argentina, que tiene recursos para
pagar y que ha tratado con desprecio a sus acreedores, incluyendo a ancianos
pensionistas italianos y alemanes. Por desgracia, el sistema legal internacional
es incapaz de discriminar entre ambos casos. Lo que hace falta con urgencia
es un mecanismo legal que introduzca cierta equidad. Un sistema que defienda
a Lusaka pero castigue a Buenos Aires. Hasta entonces, los buitres seguirán
volando en círculos.
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Para más información sobre el impacto
de la deuda y de la reducción de la deuda en los países
más pobres, se puede leer Delivering on Debt
Relief: From IMF Gold to a New Aid Architecture,
de Nancy Birdsall y John Williamson (Institute for International
Economics, Washington, 2002).
Se puede visitar también la web del programa para la condonación
parcial de deudas del Banco
Mundial. Kenneth Rogoff y Jeromin Zettelmeyer escriben una historia
de las quiebras de los Estados
en Bankruptcy Procedures for Sovereigns: A History of
Ideas, 1976-2001 (FMI, Staff Papers,
Vol. 49, No. 3, 2002). Para saber cómo los fondos buitre
se lanzaron a por la deuda de Zambia,
se puede ver el programa de la BBC Vulture Fund’s
Threat to Zambia (14 de febrero de 2007)....
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