MI PLAN SECRETO PARA DERROCAR A LOS MULÁS
Finales de febrero de 2003, unas semanas antes de la invasión estadounidense de Irak. La Administración del presidente George W. Bush todavía carecía de una verdadera estrategia para el país vecino, líder hegemónico de la región en potencia. Como responsable de asuntos iraníes en la oficina del secretario de Defensa, yo estaba desesperado. Estábamos a punto de invadir el país mesopotámico sin una política definitiva hacia su más acerbo enemigo. Temía una repetición de Vietnam y veía en Irán una nueva ruta Ho Chi Minh –el hilo de Ariadna del enemigo, que serpenteaba a través de Laos y Camboya y que colaboró en la debacle de EE UU en el sureste asiático; sabía que la República Islámica no cejaría hasta repetir aquel desastre en Oriente Medio desde el momento en que las tropas estadounidenses se plantaran en Bagdad–, del mismo modo en que nos había golpeado en Líbano, Arabia Saudí y otros lugares durante décadas....
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Moral y estrategia
O se decide enviar a la República Islámica del Irán al basurero de la historia por el carácter cruel de sus dirigentes (como parede deducirse de la última frase del presente artículo) o bien se hace porque dichos dirigentes lesionan los intereses de EE.UU. En el primer caso, es decir, si se decide actuar contra Irán por motivos éticos (por la crueldad de sus dirigentes), ¿por qué no se hace lo mismo por ejemplo con los dirigentes de Arabia Saudí? Parece, pues, que a pesar de lo que se proclama de modo explícito en este artículo, lo que de verdad se intenta es derrocar un régimen que amenaza la paz de la zona y la seguridad mundial. ¿Por qué no decirlo de modo abierto, entonces? ¿Por qué hablar de tiranía y de crueldad, si no se hace lo mismo con los saudíes, igualmente tiránicos y crueles? ¿Por qué revestir con lenguaje moral lo que es sólo una actuación instrumental y estratégica?
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