'ESTADOS FALLIDOS'

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'ESTADOS FALLIDOS'
31 de julio de 2007

Los países más débiles del mundo no son sólo un peligro para ellos mismos, ya que pueden amenazar el progreso y la estabilidad de otros. En el tercer Índice anual de Estados fallidos, FP y el Fondo para la Paz clasifican los naciones que padecen un elevado riesgo de hundimiento.


Uno de los axiomas de la era moderna que todo el mundo acepta es que la distancia ha dejado de importar. Una matanza sectaria puede influir en los mercados de valores del otro lado del planeta. Unas ciudades anárquicas y llenas de bazares al aire libre pueden poner en peligro la seguridad de la única superpotencia mundial. El comportamiento errático de un dirigente aislado no sólo hace que sea aún más miserable la vida de los millones de pobres sobre los que gobierna, sino que da un vuelco al régimen de no proliferación nuclear. En otras palabras, las amenazas de los Estados débiles tienen una onda expansiva que va mucho más allá de sus fronteras y pone en peligro el desarrollo y la seguridad de países totalmente opuestos en lo económico y en lo político.

En 2006 hubo pocas señas prometedoras que hagan pensar que el mundo avanza hacia una situación de más paz y estabilidad. El año comenzó con violentas protestas desde Indonesia hasta Nigeria por la publicación de las caricaturas que representaban al profeta Mahoma. En febrero vimos la destrucción de la mezquita dorada de Samarra, uno de los lugares más sagrados del islam chií, que desató una tormenta en todo Irak que aún no se ha aplacado. Después de que Hezbolá secuestrara a dos soldados israelíes, el pasado julio, el sur de Líbano sufrió un mes de bombardeos aéreos que obligó a cientos de miles de refugiados a huir a los países vecinos. Y en octubre, el régimen represivo de Corea del Norte irrumpió en el club nuclear mundial.

Lo que hace aún más inquietantes estas noticias, ya de por sí alarmantes, es que tienen su origen en Estados vulnerables y en pleno deterioro. Los líderes mundiales y las autoridades de las instituciones multilaterales hacen a menudo declaraciones en las que reiteran su compromiso de sacar a estos países de la situación desesperada en la que se encuentran, pero puede ser difícil pasar del simple control de daños a dar con unas soluciones viables y que, a largo plazo, corrijan los puntos débiles de esos Estados. La ayuda, muchas veces, se gasta de mala manera. Se hacen demasiadas reformas o demasiado pocas. Las fuerzas internacionales de paz se ven desbordadas por las necesidades de seguridad y, en su ausencia, reina el caos.

 



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El complejo fenómeno del fracaso de una nación es tema de muchas discusiones, pero sigue comprendiéndose muy poco. Los problemas que acosan a los Estados en proceso de desintegración suelen ser muy similares: corrupción generalizada, clases dirigentes depredadoras que monopolizan el poder desde hace mucho tiempo, ausencia del imperio de la ley y graves divisiones étnicas o religiosas. Pero eso no significa que las soluciones a estos problemas deban estar cortadas por el mismo patrón. Los países en trance de fracasar difieren mucho entre sí. Myanmar (antigua Birmania) y Haití son dos de los más corruptos del mundo, según la organización Transparencia Internacional, pero la represora junta militar de Myanmar persigue a las minorías étnicas y somete a su población a desplazamientos forzosos, mientras que Haití sufre las ruinosas consecuencias de la pobreza extrema, el desorden y la violencia urbana. Durante 10 años, Guinea Ecuatorial ha experimentado uno de los mayores crecimientos económicos del África subsahariana, pero su riqueza se ha utilizado para engordar las cuentas corrientes de la élite acomodada. Y en la República Democrática del Congo, la incapacidad del Gobierno para vigilar sus fronteras y administrar su vasta riqueza mineral ha hecho que el país dependa de la ayuda extranjera.

Con el fin de ofrecer una imagen más clara de los Estados más débiles del planeta, la organización independiente de investigación Fondo por la Paz y Foreign Policy presentan el tercer Índice anual de Estados fallidos. Se han utilizado 12 indicadores sociales, económicos, políticos y militares para clasificar 177 países por orden de vulnerabilidad a los conflictos internos violentos y el deterioro social. Las puntuaciones se basan en datos procedentes de más de 12.000 fuentes abiertas al público, recogidos entre mayo y diciembre de 2006.

Por segundo año consecutivo, Sudán encabeza la lista como Estado con mayor peligro de fracaso. Su principal fuente de inestabilidad, la violencia en la región occidental de Darfur, es tan conocida como trágica. Al menos 200.000 personas –quizá hasta 400.000– han muerto en los últimos cuatro años asesinadas por miembros de la milicia yanyauid, apoyada por el Gobierno, y entre dos y tres millones de personas han tenido que refugiarse en campamentos miserables huyendo de sus aldeas incendiadas, a medida que la violencia se ha ido extendiendo a la República Centroafricana y Chad. Ya antes de la llegada de refugiados y rebeldes del otro lado de la frontera, estos países no eran precisamente modelos de estabilidad; la República Centroafricana es un centro de tráfico de esclavos y la capital de Chad sufrió un ataque de los rebeldes en abril de 2006, en un intento fallido de golpe de Estado. Pero ahora, además, la extensión del conflicto de Sudán ha influido mucho en la caída de ambos países en la clasificación, lo cual demuestra que los riesgos de los Estados fallidos, con frecuencia, repercuten en los países vecinos. Es un fenómeno muy inquietante en unas cuantas regiones concretas. Este año, 8 de los 10 Estados más vulnerables del mundo se encuentran en el África subsahariana, frente a los 6 de 2006 y los 7 de 2005.

Eso no quiere decir que todos las naciones en proceso de descomposición sean víctimas del olvido mundial. Irak y Afganistán, los dos frentes principales en la guerra contra el terrorismo, empeoraron a lo largo del año pasado. Sus experiencias prueban que no sirve de nada que se destinene miles de millones de dólares de ayuda a la seguridad y el desarrollo si no van acompañados de un gobierno con capacidad de actuar, dirigentes dignos de confianza y planes realistas para mantener la paz y desarrollar la economía. Igual que existen muchas formas de alcanzar el éxito, también hay muchas maneras de caer en el fracaso.

No todo fue malo en este año. Dos gigantes vulnerables, China y Rusia, mejoran sus puntuaciones lo suficiente como para salir del grupo de los 60 Estados en peor situación. En parte se debe a que, en esta edición del Índice, hemos incluido otros 31 países más. Pero también hay que atribuirles a ellos mismos parte del mérito. El motor económico de China sigue impulsando el país a enorme velocidad, aunque la división entre las zonas urbanas y las rurales, cada vez mayor, y las protestas que continúan produciéndose en el campo, dejan al descubierto bolsas de fragilidad que Pekín no ha empezado a abordar hasta hace muy poco. La economía en expansión de Rusia y la interrupción temporal de la violencia en Chechenia han tenido efectos estabilizadores, a pesar de las nuevas preocupaciones por el futuro democrático del país.

La gran mayoría de los Estados que figuran en el Índice no han fracasado todavía; sufren graves debilidades que les dejan en una situación muy vulnerable, sobre todo ante conmociones como las catástrofes naturales, la guerra y las privaciones económicas. No hay que menospreciar los efectos de ese tipo de sucesos. El conflicto del verano pasado en Líbano contribuyó a anular casi dos décadas de avances económicos y políticos. Pero Líbano tenía ya una posición frágil, porque sus estructuras políticas y de seguridad carecían de integridad y sufrían las tensiones y las fragmentaciones de una clase dirigente dividida en facciones. Esas deficiencias no sólo contribuyeron a que hubiera un retroceso en su desarrollo, sino que tuvieron consecuencias en toda la región: Israel, Jordania y Siria. Es una prueba más de que los problemas de un país no son sólo cosa suya.

Esta conclusión preocupa en especial cuando los Estados débiles poseen armas atómicas. Hoy en día, 2 de los 15 países más vulnerables del mundo, Corea del Norte y Pakistán, son miembros del club nuclear. No pueden ser más distintos entre sí: el primero se enfrenta a la perspectiva muy real de la bancarrota económica, y el segundo cuenta con una región fronteriza sumida en el caos y una oposición islamista desencantada cuyas filas se incrementan día a día.

Ahora bien, aunque los problemas de estos países son objeto frecuente de titulares en todo el mundo, es evidente que no hay muchas soluciones fáciles. Al destacar qué Estados corren mayor riesgo de fracaso, sólo podemos confiar en que, con el tiempo, surjan soluciones más eficaces y duraderas a través de las comparaciones entre los índices de cada año. De ese modo, es posible que la suerte de las naciones más vulnerables del mundo cambie en sentido positivo y, con ello, mejoren la seguridad y la prosperidad de todos.

 



CONCULCAR LOS DERECHOS DE LOS CREYENTES

Los Estados más débiles del mundo son también los más intolerantes desde el punto de vista religioso. Aquellos con mala puntuación en libertad de culto suelen tener más probabilidades de que les llegue su hora.



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La libertad religiosa es un puntal de la democracia, pero además puede ser un indicador fundamental de estabilidad. Los Estados vulnerables tienen mayor grado de intolerancia religiosa, según unas puntuaciones calculadas por el Centro de Libertades Religiosas del Hudson Institute (EE UU). La persecución de las minorías religiosas en Bangladesh, Myanmar (antigua Birmania), Irán y Uzbekistán ha arrebatado a millones de fieles la libertad de vivir con arreglo a su fe. Pero este tipo de represión, muchas veces, no es más que un intento mal disfrazado de amordazar a la sociedad civil del país. En Zimbabue, los líderes religiosos se han convertido en objetivos porque son casi las últimas voces de oposición que quedan. Y en Bielorrusia, el presidente Alexander Lukashenko ha reprimido la libertad de culto para aplastar movimientos a los que considera transmisores de influencias políticas extranjeras. Da la impresión de que los gobernantes de muchos países en vías de fracasar desconfían de cualquier poder superior que pudiera ser mayor que el suyo.




LO MEJOR Y LO PEOR

Este año, varios Estados vulnerables lograron dar un paso atrás y alejarse del abismo.


“No hay duda de que 2006 ha sido un año desastroso para Irak”. Era una declaración curiosa para venir de alguien normalmente optimista, como es el presidente estadounidense George W. Bush, pero pocos discreparían de ella. La espiral de violencia en Irak, cada vez peor, y los sangrientos conflictos de Afganistán, Timor Oriental y Somalia hacen que 2006 pueda figurar en los libros de historia como un año espantoso para muchos países, no sólo Irak.

No obstante, entre estos casos negativos, aparecen varios positivos. Hay algunos países en proceso de deterioro que consiguieron alejarse del abismo, a menudo gracias a resultados históricos en las urnas. En diciembre, se celebraron las primeras elecciones directas en la provincia de Aceh, Indonesia, después de tres decenios de guerra separatista que acabaró con una tregua en 2005. El antiguo dirigente rebelde Irwandi Yusuf, que escapó de la cárcel cuando ésta fue destruida por el tsunami de diciembre de 2004, resultó elegido gobernador, por delante de las antiguas élites que monopolizaban el poder. Y en la República Democrática del Congo, las primeras elecciones multipartidistas en más de 40 años contribuyeron a dar más legitimidad al Estado a ojos de una población muy pobre, si bien sigue siendo vulnerable a la violencia de las milicias.

Pero Liberia destaca como el país que más ha mejorado, seis puntos por encima de su puntuación en el Índice del año anterior. También en este caso, hay que decir que las elecciones celebradas en noviembre de 2005, tras más de 10 años de guerra civil, llevaron la necesaria estabilidad al país y prepararon el terreno para el notable avance de 2006. Aunque sigue contando con la presencia de 14.000 soldados de las fuerzas de paz de la ONU, su economía muestra un crecimiento del 7%, las milicias están desmovilizadas y la presidenta, Ellen Johnson-Sirleaf , ha emprendido la lucha contra la corrupción endémica, que incluye la detención de altos funcionarios por sobornos.

Por el contrario, Líbano ha sufrido la caída más acentuada y pierde casi 12 puntos en el Índice, hasta quedarse en un puesto sólo ligeramente superior al de Liberia. La guerra que estalló el año pasado ha supuesto un retroceso en gran parte de los avances logrados desde que acabó la guerra civil, en 1990. Las incursiones aéreas israelíes obligaron a más de 700.000 libaneses a abandonar sus hogares y causó daños en las infraestructuras del país por un valor aproximado de 2.800 millones de dólares (unos 2.100 millones de euros). La crisis política tiene al Ejecutivo actual en punto muerto y la economía sigue siendo débil. Aquí se ve cómo dos Estados con puntuaciones parecidas pueden, en realidad, estar siguiendo trayectorias completamente distintas, uno hacia la estabilidad y otro involucionando hacia el fracaso.

 



LOS LÍDERES DEL FRACASO

Muchos Estados tienen que soportar pobreza, corrupción y desastres naturales. Ahora bien, para los débiles, no existe nada más costoso que un hombre fuerte en el Gobierno y a cargo de todas las decisiones.

La historia está llena de líderes brutales que han sumido a sus países en la pobreza y la guerra por culpa de la codicia, la corrupción y la violencia. Y, aunque son muchos los factores que pueden hacer que se desmorone una nación –desastres naturales, crisis económicas, la llegada de refugiados de un país vecino–, pocos son tan decisivos y tan letales como un mal dirigente.

El Índice de este año revela que hay Estados fallidos como Irak y Somalia que sufren las consecuencias del mal gobierno, pero a los que acompaña una serie de países dirigidos desde hace mucho por hombres fuertes que han presidido la caída de sus respectivas naciones. Tres de los cinco Estados en peor situación –Chad, Sudán y Zimbabue– tienen líderes que llevan más de 15 años en el poder.

Y el problema no se limita al África subsahariana. El presidente de Uzbekistán, Islam Karímov, que continúa con su represión brutal de la disidencia desde la matanza de cientos de manifestantes desarmados en mayo de 2005, ocupa el poder desde 1991. El presidente egipcio, Hosni Mubarak, que lleva un cuarto de siglo aferrado a su cargo, está organizando su propia sucesión y ha designado como heredero a su hijo. Y el presidente de Yemen, Ali Abdullá Salé, que gobierna desde 1978, fue reelegido por mayoría aplastante para otro mandato de siete años el pasado mes de septiembre, en unas elecciones calificadas por la oposición de fraudulentas.

Por otro lado, un buen gobierno puede sacar a un Estado del borde del abismo. El primer presidente elegido por sufragio directo en Indonesia, Susilo Bambang Yudhoyono, que llegó al poder hace tres años, ha ayudado a enderezar un país que tenía una corrupción endémica y que quedó destrozado por el tsunami de 2004, y lo ha encaminado hacia una mayor estabilidad. Ha emprendido la reforma del sector de la seguridad, muy corrupto, ha negociado un acuerdo de paz con los rebeldes de la provincia de Aceh y ha logrado mejoras discretas en los servicios públicos. Sus esfuerzos no siempre le han aportado popularidad. Pero ése es el tipo de dirección que necesitan los países que se encaminan al fracaso: un jefe de Estado que decida emprender reformas constantes aunque le suponga perder poder y reconocimiento.

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