EL 'ALCALDE' DE AR RUTBAH

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EL 'ALCALDE' DE AR RUTBAH

Sentido común, respeto y eficacia. Ésas fueron las verdaderas armas del comandante estadounidense James Gavrilis y sus 70 hombres en abril de 2003. Y ésta es la crónica de 14 días excepcionales que devolvieron la paz y el orden a la ciudad iraquí de Ar Rutbah. Una lección que no aprendió la mayoría de las tropas de ocupación. James Gavrilis

Mientras nuestra larga columna de camiones marchaba por la autopista Business Highway 10 en la madrugada del 9 de abril de 2003, me concentré en mi instinto y el entrenamiento recibido, mantuve la mente abierta y me preparé para lo que nos podía deparar el futuro. Después de tres semanas de intensos tiroteos, los fedayines de Sadam se habían retirado. Lo último que esperaba hacer una vez entráramos en Ar Rutbah, una ciudad suní de unos 25.000 habitantes en la provincia de Al Anbar, al oeste de Irak, cerca de Jordania y Siria, era comenzar la reconstrucción que sucede a la guerra. No había hecho planes ni preparativos para gobernar ni tenía instrucciones sobre cómo hacerlo.

Con sólo seis equipos de 12 hombres cada uno y un área desértica de las dimensiones de Nueva Jersey, veíamos la ciudad como una gran complicación en nuestra misión de impedir que se lanzaran misiles balísticos desde Irak occidental. Una ciudad del tamaño de Ar Rutbah podría tragarse sin dificultad a toda mi compañía. Además, en un conflicto en el que había una gran necesidad de fuerzas de operaciones especiales, teníamos que llegar a Bagdad lo antes posible. Por supuesto, a los fedayines no les interesaba nuestro itinerario. Durante semanas se habían atrincherado en la ciudad, utilizando civiles como escudos humanos. Aunque en todas las ocasiones abrumábamos al enemigo, se hizo claro que había que desalojar de la ciudad a los combatientes del régimen. Así, en ese día, a principios de abril, mientras el mundo veía derrumbarse la estatua de Sadam en Bagdad, nosotros comenzamos nuestra pequeña revolución particular.

Bastante tiempo antes de entrar, habíamos establecido canales de comunicación con la gente que estaba dentro. Cada vez que nos encontrábamos con civiles durante las patrullas (o bien utilizando altavoces) anunciábamos: "Estamos en guerra con Sadam, no con vosotros". Éramos amigables y respetuosos. Estábamos transmitiendo un mensaje claro: nos importaba la gente de Ar Rutbah más que a los fedayines. Habíamos hecho todo lo posible por limitar el daño a la infraestructura civil y a la propiedad privada. No bombardeamos colegios ni mezquitas, incluso pese a que se estaban utilizando como bases militares. Curábamos a los enemigos heridos y repartíamos comida. Todo esto se demostraría vital para ganarnos la confianza de la gente.

Cuando entramos, el tráfico se detuvo. Los iraquíes se concentraron en torno a la arteria principal y las calles adyacentes. La mayoría se limitaba a observar, con cierta aprensión. Algunos se alegraron de que hubiéramos llegado y nos estrecharon las manos. Comprobamos todas las posiciones enemigas de las que teníamos conocimiento y finalmente localizamos la comisaría. Sería la ubicación ideal para nuestro cuartel general. Seguidamente convocamos a los administradores civiles, al jefe de policía y a los líderes tribales. Dos horas después, una docena de iraquíes, el suboficial de la compañía y yo nos reunimos y comenzamos a diseñar la administración civil de la ciudad.

Seguridad en los caminos: las Fuerzas Especiales del Ejército de EE UU vigilan la carretera de Bagdad, en las cercanías de Ramadi, en abril de 2003.
Seguridad en los caminos: las Fuerzas Especiales del Ejército de EE UU vigilan la carretera de Bagdad, en las cercanías de Ramadi, en abril de 2003.

PRIMERO, SU SEGURIDAD
La seguridad me parecía la prioridad; para mí, ésta no se podía separar de la tarea de gobierno. En aquella reunión dejé muy claro que las tropas de EE UU tenían el monopolio de la fuerza. A cualquier civil con un arma de fuego se le consideraría una amenaza. Levantamos puestos de vigilancia en las principales carreteras de las afueras para proteger la ciudad de elementos del régimen y delincuentes. Tan pronto como fuera posible integraríamos en ellos a la policía local. Eso nos haría ganar la confianza y la cooperación de los habitantes; además, ellos sabían quién era de la localidad y quién pasaba por allí con justificación.

Cuanto antes involucrara y diera poder a los iraquíes, mejor. Pedí al grupo que eligiera a uno de ellos como provisional, y, para la oración del mediodía de la primera jornada, ya habían designado a un abogado de una tribu dominante que había tenido una disputa con el régimen. La policía era imprescindible para restaurar la seguridad local, proteger la ciudad de los extraños y para nuestra retirada. Aunque yo sólo tenía unos cuantos dólares, gastamos 700 en pagar a los agentes, con un mes de antelación. El de mayor rango que regresó al servicio fue un teniente. Era muy listo y receptivo a nuestras instrucciones, la gente seguía sus órdenes y le nombré jefe provisional. A finales de la primera semana armamos a la policía, primero con pistolas y luego con AK-47. En breve, más de treinta volvieron a vestir el uniforme.

Evidentemente, se necesita algo más para acabar con años de opresión. Todos aquellos que iban a participar en el Gobierno provisional tuvieron que firmar un compromiso de renuncia a la fidelidad, afiliación y favoritismo del Partido Baaz. Ello incluía el juramento de lealtad a un Irak libre, a la protección de los derechos de sus ciudadanos y a servir a los habitantes de Ar Rutbah. El suboficial de nuestra compañía redactó el compromiso, yo lo revisé, él lo tradujo y el alcalde provisional lo aprobó. Si había otras personas que querían participar en el nuevo Irak, podían firmar el documento y seguir adelante. A medida que se corrió la voz, casi cada día se sumaba alguien más.

No perseguimos a nadie por lo que hubiera hecho durante el combate. Sí hubo que interrogar a baazistas de alto nivel, pero sólo se detuvo a aquellos identificados como criminales de guerra. Le pedimos a la gente que nos dijera dónde estaban los rifles y la munición, pero no preguntamos quién nos había estado disparando la semana anterior. Al establecer rápidamente una alternativa efectiva e iraquí al régimen, la resistencia se hizo irrelevante.

           
Trabajamos con y a través de los iraquíes. Les tratamos no como vencidos, sino como aliados. Nuestro éxito se convirtió en su éxito
           

RESTAURAR LOS SERVICIOS BÁSICOS
Después de la oración del mediodía, la primera jornada, el consejo informal de la ciudad se reunió de nuevo para trabajar en la siguiente prioridad: las obras públicas. Les pregunté al alcalde provisional y al consejo cuáles eran las necesidades más acuciantes. Coincidieron en que la electricidad era lo más importante, seguida del agua, el combustible y el mercado. Trabajamos las 24 horas y, en tan sólo un par de días, devolvimos a Ar Rutbah el 60% del fluido eléctrico. Recuerdo que una vez me despertaron a las cuatro de la madrugada las oraciones matinales desde los minaretes. Era una señal alentadora: volvía la electricidad, se recuperaba la normalidad y ya podríamos usar los alminares para realizar anuncios públicos. Nos esforzamos por mostrar respeto por la cultura local utilizando los medios de comunicación habituales: muecines, murales y el boca a boca.

La mayor parte del único hospital de la ciudad había sido destruida en la batalla, de modo que ofrecí convertir el cuartel general del Partido Baaz en una clínica. Al alcalde y a los médicos les encantó la idea. Limpiar y preparar los colegios para los niños era una tarea prioritaria, pero no podíamos empezar inmediatamente. Puesto que tenía escasas tropas y aún menos dólares, el alcalde y yo decidimos celebrar un día de voluntariado en la ciudad. Profesores y ciudadanos unieron fuerzas y limpiaron las escuelas. Un buen día, al final de una larga semana, los minaretes anunciaron que se reanudarían las clases.

La economía estaba en peor estado aún que las aulas. Una vez se restableció el fluido eléctrico, un par de comerciantes pidieron permiso para utilizar sus móviles para ponerse en contacto con sus socios en Jordania e importar comida y otras mercancías. Apoyamos la iniciativa con entusiasmo. Al día siguiente, por primera vez en meses, en el mercado había fruta, verdura fresca, pescado y carne, y reinaba el bullicio de nuevo. Después surgieron algunas preguntas. ¿Adoptarían el dólar? ¿Cuál es el tipo de cambio? ¿Y el precio de la gasolina? Tuve que tomar algunas decisiones deprisa. El dinar iraquí seguiría siendo la moneda de la ciudad al tipo de cambio previo a la guerra. Compré una bolsa llena de dinero y pagué a la policía para demostrar que yo tenía confianza en su moneda. Permití al alcalde abrir gasolineras para que la gente pudiera adquirir combustible y para generar ingresos. Antes de la guerra éstas eran propiedad del Estado, y lo dejé así. Fijé el precio del carburante en los niveles previos al conflicto y castigué a los estafadores. Convencí al director del banco para que lo volviera a poner en marcha. Luego reabrí las cuentas del Gobierno de la ciudad para que el alcalde iraquí tuviera control sobre los libros y pudiera pagar a los empleados.

Buscando armas: un soldado de EE UU cachea a un iraquí en un puesto de control en Ramadi, en 2003.
Buscando armas: un soldado de EE UU cachea a un iraquí en un puesto de control en Ramadi, en 2003.

TÉ Y CIGARRILLOS
Mis medidas iniciales fueron muy autoritarias: eliminaron la anarquía y permitieron a los iraquíes preocuparse por la democracia en lugar de por la supervivencia. Lo que ellos necesitaban era una autoridad provisional que les permitiera ponerse de nuevo en pie. Mientras el alcalde y yo proporcionábamos estabilidad, el papel del consejo de la ciudad era supervisar a su representante y ofrecer información, no forzosamente diseñar políticas. Las leyes y valores de su sociedad y cultura estaban bien. Lo único necesario era hacerlas cumplir. El consejo de la ciudad era un organismo importante para el diálogo, el debate y la legitimidad. Pero al limitar inicialmente su poder para tomar decisiones, nos aseguramos de que no podría paralizar nuestros avances.

En uno de los plenos del Ayuntamiento, algunos de sus miembros me preguntaron acerca de las elecciones. Dijeron que los jeques e imames tribales no representaban sus intereses, y que querían tener voz en el Gobierno. Les expliqué que no podían votar de forma inmediata, porque no teníamos observadores electorales ni urnas. Aún así, insistieron. Se celebraron dos votaciones rudimentarias en la gran mezquita para reconfirmar al alcalde provisional.

Como alternativa al régimen de Sadam, la forma concreta de democracia no era tan importante como el concepto de una política que velara por los derechos individuales. Eso era lo que los iraquíes habían echado verdaderamente en falta en la dictadura. Al ser efectivos en el suministro de servicios, al ofrecer respuestas a preocupaciones individuales y mejorar sus vidas, los iraquíes gravitaron hacia nosotros y hacia los cambios que introdujimos. No obstante, no tuvimos que cambiar demasiadas cosas. Ar Rutbah ya tenía una estructura secular que funcionaba.

Bajo el antiguo régimen, los imames y los jeques tribales en Ar Rutbah habían definido sus papeles en relación con los dictados de Sadam y el Partido Baaz. Para ganarme su confianza, les incluí en el proceso político. Me reuní con ellos de forma regular y entraron a formar parte del consejo, mientras les entregábamos raciones humanitarias para que las distribuyeran. Ellos sabían quiénes las necesitaban más.

Pero la forma más efectiva para comunicarnos eran, con diferencia, las mezquitas. Los anuncios de servicios públicos se hacían a través de sus altavoces. Un comunicado que emanara de los minaretes significaba que contaba con la aprobación de las mismas y le daba legitimidad a las medidas.

Pasé muchos días en el patio de la comisaría o en el despacho del jefe de policía en reuniones con una interminable procesión de jeques, policías, mercaderes y cualquiera que quisiera hablar conmigo. Tomaba decisiones, dictaba sentencias, resolvía disputas, daba orientación y asignaba recursos. Éramos muy cordiales y seguíamos sus costumbres con té, cigarrillos y charlas informales. Pero, al final, tomaba una decisión y actuábamos en consecuencia. A veces, delegué la toma de decisiones en el alcalde, el consejo, y luego en las comisiones de área hasta que la seguridad era la única cosa que seguía controlando. Al noveno día, yo había dejado de ser el punto central del Gobierno. Trasladé mi puesto de mando a nuestro complejo de logística en las afueras de la ciudad. Hasta el último día mantuve una política de puertas abiertas.

Al final, gasté tan sólo unos 3.000 dólares, incluidos los salarios de la policía, el alcalde, el coronel y unos cuantos soldados y representantes públicos. Pagamos la grúa y los camiones para transportar los generadores a la ciudad para el fluido eléctrico, y el combustible para poner en marcha los generadores. El avance real fue el Gobierno eficiente y decente, y el entorno que establecimos. Sin mucho dinero que invertir, hicimos valoraciones y establecimos prioridades, y hablamos con los iraquíes, intercambiando ideas y visiones sobre el futuro.

EL RELEVO
Teníamos la intención de abandonar nuestro trabajo y, cuando las condiciones lo propiciaron, comenzamos a dar pasos para retirarnos. Estábamos preparándonos para marchar hacia el Este: las divisiones acorazadas iraquíes aún no habían capitulado. Así, en plena noche del 23 de abril, conduje hasta las afueras de la ciudad en un todoterreno blanco que me prestó el alcalde provisional. Dejando algunos equipos en la retaguardia durante otras dos semanas, dejé Ar Rutbah.

En tan sólo 14 días hicimos unos progresos notables. Pero el desarrollo civil lleva mucho más tiempo. ¿Por qué tuvimos éxito tan rápidamente donde tantos otros no lo han tenido? En primer lugar, vivimos modestamente y no ocupamos ninguna residencia privada ni edificios del régimen. No nos limitamos a ciertas funciones o tareas, nos ajustamos a la realidad del terreno, poniendo fin al pillaje, suministrando fluido eléctrico y realizando otras labores de rehabilitación de un país. Cuando la reconstrucción se convirtió en nuestra misión, actuamos sin vacilar.

Puesto que trabajamos con y a través de los iraquíes en todas las empresas, ellos tenían una sensación de propiedad hacia la nueva Ar Rutbah, y nuestro éxito se convirtió en su éxito. Nos comportamos como invitados en su casa. Les tratamos no como vencidos, sino como aliados.

Al final, no obstante, nos marchamos. Aunque los iraquíes continuaron el trabajo que nosotros empezamos, las fuerzas de la coalición que siguieron no lo hicieron. La distancia entre los habitantes locales y las tropas aumentó. Los iraquíes se quedaron indefensos y vulnerables al soborno de los leales al régimen y a la intimidación de los combatientes extranjeros. Las fuerzas de seguridad iraquíes locales nunca se desarrollaron hasta el punto de ser más fuertes que las bandas de insurgentes. Sin ayuda, los ciudadanos no podían contener a los yihadistas que atravesaban la ciudad, utilizándola como estación de repostaje.

Durante el breve periodo en el que fui alcalde de Ar Rutbah supe que nosotros éramos los verdaderos revolucionarios allí. El cambio tenía que venir desde arriba hacia abajo. Puesto que no recibimos ningunas instrucciones sobre tareas de gobierno o reconstrucción, tuve que improvisar todo sobre la marcha, basándome en la situación sobre el terreno y en lo que recordaba de mi entrenamiento en las Fuerzas Especiales y de unas cuantas clases de ciencia política. Entré en la ciudad con tan sólo un objetivo estratégico en la mente: establecer un Irak libre, democrático y pacífico, sin armas de destrucción masiva. Y eso es lo que traté de lograr en mi microcosmos particular de la guerra.


¿Algo más?

Linda Robinson detalla la lucha por Ar Rutbah y su reconstrucción, así como otras misiones de los boinas verdes en Irak, Afganistán y otros lugares, en Masters of Chaos: The Secret History of the Special Forces (Public Affairs, Nueva York, 2004). El libro de Rob Schultheis Waging Peace: A Special Operations Team’s Battle to Rebuild Iraq (Gotham, Nueva York, 2005) relata otras iniciativas en pro de la Administración civil por parte de las Fuerzas de Operaciones Especiales en el Irak de posguerra.

La guerra de Irak es la primera en la historia en que los blogs de los soldados estadounidenses ofrecieron información en tiempo real y en primera persona de las dificultades diarias de los militares para tomar el país. A Soldier’s Thoughts (www.misoldierthoughts.blogspot.com), Blackfive (www.blackfive.net), y Medicine Soldier (www.medicinesoldier.blogspot.com) se encuentran entre los más populares. La cobertura de FP EDICIÓN ESPAÑOLA sobre la reconstrucción incluye ‘Estrategias de salida’ (junio/julio 2005) y ‘Mujeres, las excluidas de Irak’ (agosto/septiembre, 2004), de Swanee Hunt y Cristina Posa. ...

 


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