Enviado por Arturo Lopez-Levy (no verificado) el Dom, 28/12/2008 - 01:07.
UN PASADO PROBABLE
En una conferencia en el prestigioso Instituto Aspen, Colorado, alguien preguntó a Henry Kissinger que hubiera pasado si en lugar de asesinar al presidente Kennedy, Lee Harvey Oswald hubiese asesinado a Nikita Kruschev. Después de mirar al techo y suspirar, Kissinger contestó que lo único seguro era que Onassis nunca se hubiera casado con la señora de Kruschev.
La anécdota viene a propósito del articulo de Rafael Rojas “un pasado virtual” que explora lo que pudo ocurrir en Cuba, si Batista no hubiera dado el golpe de Estado en 1952, si el partido del pueblo cubano (ortodoxos) hubiese ganado las elecciones de 1952 y hecho un buen gobierno, si Estados Unidos no hubiera apoyado a Batista hasta 1958, si Fidel Castro no hubiera triunfado, y sobre todo si la revolución cubana no se hubiese radicalizado hacia el socialismo.
Como en el “escenario virtual” de Rojas cambian tantos hechos, cualquier cosa pudo ocurrir. Por eso me concentrare en los elementos factuales a partir de los cuales Rojas construye su principal escenario alternativo: “la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy (Rojas comete un error pues Kennedy no asumió la presidencia hasta enero de 1961) estaban dispuestos a mantener el vinculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética”. Si se toma la historia de las relaciones Cuba-Estados Unidos en su totalidad, sin reducirlas a las declaraciones oficiales y al vínculo diplomático formal es difícil concordar con tal afirmación.
Entrando en el análisis contra-factual, argumentare que, aplicando la condición de ceteris paribus (todo lo demás igual), metodológicamente recomendada para estos ejercicios, la posibilidad de que Estados Unidos, específicamente la administración Eisenhower, hubiera acomodado al gobierno de Fidel Castro dentro del sistema interamericano, si este último no se hubiera aliado con la Unión Soviética, no era el escenario mas probable.
Baso mi análisis en dos razones: 1) La concepción general de política exterior norteamericana hacia América Latina concebía el nacionalismo tercermundista como enemigo de los intereses económicos norteamericanos y una amenaza a la “solidaridad continental” anticomunista demandada como parte de la presunción hegemónica norteamericana en el hemisferio. 2) En el caso especifico cubano, los grupos que dentro de la política exterior estadounidense abogaban por apaciguar la revolución nacionalista fueron derrotados por los proponentes de un cambio de régimen en el primer semestre de 1960, cuando el transito al socialismo no había ocurrido aun.
Un debate como el que Rojas propone sobre escenarios alternativos debe partir de un modelo sobre la relación bilateral, que explicite las relaciones y jerarquías entre las variables. Un modelo es importante porque en su ausencia, los hechos son traídos a conveniencia para criticar o exonerar arbitrariamente la responsabilidad de Fidel Castro y los revolucionarios radicales en el conflicto. En mi caso, parto de las siguientes premisas: 1) la política de Eisenhower hacia el nacionalismo cubano era parte de su estrategia general hacia esa tendencia en América Latina. 2) Estados Unidos no es un actor racional unitario por lo que la política hacia Cuba es resultado de debates internos entre diferentes grupos e intereses.
¿Cuál fue la política hacia América Latina de la Administración Eisenhower?
Para dilucidar la sugerencia de Rafael Rojas que un entendimiento entre Washington y la revolución cubana era el escenario más probable si esta hubiese sido solo nacionalista discutamos la actitud de la administración Eisenhower hacia el nacionalismo latinoamericano.
Documentos programáticos de la política exterior norteamericana en los 50 como el informe de George Kennan “América Latina como problema en la política exterior de Estados Unidos” y el NSC 69 registran que Estados Unidos percibió el auge del nacionalismo latinoamericano como una seria amenaza a su seguridad.
La respuesta de la administración Eisenhower ante ese reto fue reforzar relaciones fraternas con los dictadores y promover el autoritarismo contra los gobiernos nacionalistas como el del trienio adeco. Según Robert Woodward, quien fue embajador norteamericano en Costa Rica (1954-58), el secretario de Estado John Foster Dulles llegó a decir que los dictadores “son las únicas personas en las que podemos confiar”. (Citado por Stephen Rabe, 1988, “Eisenhower and Latin America, Univ of North Carolina Press, )
Para la administración Eisenhower, el nacionalismo era una amenaza pues una “tercera vía” o “una posición neutral entre el comunismo y el mundo libre” debilitarían “la solidaridad continental” contra los intentos de la URSS de crear cuña entre Occidente y los estados emergentes en el mundo postcolonial. El nacionalismo tercermundista - entendido correctamente por la CIA en su informe “Principal aspects of socialism in Latin America” de 1958- ponía sus intereses de desarrollo económico, búsqueda de mercados y apoyo a la industrialización por encima de los objetivos de la lucha anticomunista liderada por Estados Unidos.
Más aun, las políticas de neutralismo activo podían usar la agresividad soviética en romper el cordón sanitario impuesto por Occidente, para balancear a las potencias una contra otra y obtener términos más ventajosos. Como demostraron luego el gobierno peronista en Argentina, Velasco Alvarado en Perú, y Omar Torrijos en Panamá, la CIA no estaba errada en su cálculo que los nacionalistas latinoamericanos establecerían relaciones a su conveniencia con la URSS sin dar prioridad al anticomunismo.
Estados Unidos se veía a sí mismo, sacrificando recursos y vidas por la contención del comunismo en Europa y el Este de Asia. Tenía poca paciencia para lo que veía como falta de solidaridad latinoamericana hacia su papel de líder del “mundo libre”. Revelador es el informe de Milton Eisenhower sobre su viaje a América Latina en 1953: “El ultranacionalismo, con su ceguera frente a los intereses de largo plazo, desempeña hoy en día un papel retrogrado, empujado por agentes comunistas, cuya ayuda es, en algunos casos, aceptada por lideres políticos no-comunistas por razones de ventajas políticas coyunturales” (Citado por Pettina (2007) “Del anticomunismo al antinacionalismo: La presidencia Eisenhower y el giro autoritario en la América Latina de los años 50, Revista de Indias, Vol. LXVII, num. 240, 2007, p.594).
Alegar la aceptación estadounidense del nacionalismo mexicano de Cárdenas y la Venezuela de Betancourt para fundamentar la disposición norteamericana a aceptar la revolución nacionalista cubana ignora las características específicas de la política latinoamericana de Eisenhower. El proceso cardenista ocurrió bajo la política del buen vecino, en las vísperas de la segunda guerra mundial.
Para hablar de acomodo norteamericano a la Venezuela de Acción Democrática, Rojas debió precisar a qué gobierno adeco se refería. Desde 1948 hasta 1958, cuando fue derrocado el presidente Rómulo Gallegos, las administraciones Truman y Eisenhower apoyaron al dictador Marcos Pérez Jiménez contra la denuncia de Betancourt contra el “imperialismo petrolero”. No es que nadie en Washington percibiera el nacionalismo de Rómulo Betancourt como la alternativa más efectiva al comunismo. El tema es que los que así pensaban, perdieron la batalla burocrática en Washington hasta que Kennedy llegó al poder.
Incluso después del pacto de Punto Fijo, que excluyó al partido comunista, la administración Eisenhower chocó reiteradamente en la OEA contra los intentos de Betancourt y su canciller Ignacio Luís Arcaya por promover la independencia puertorriqueña y la exclusión de dictadores de derecha como Somoza, Trujillo y Strossner del sistema interamericano. La oposición de Washington a la política antidictatorial de Betancourt estuvo en plena consonancia con el apoyo otorgado durante toda la administración Eisenhower a diferentes dictadores en América Latina desde Trujillo hasta Somoza. También fue coherente con las acciones desestabilizadoras desde fines de la Administración Truman contra gobiernos nacionalistas como los de Arévalo y Arbenz en Guatemala, los de Vargas y Perón en Brasil y Argentina y ultimo pero no menos importante, la invasión bajo la bandera de la OEA contra los militares nacionalistas dominicanos de Caamaño en 1965. No en balde, el presidente brasileño Lula Da Silva llamó a la OEA a disculparse por las agresiones contra los pueblos que se cometieron impúdicamente en su nombre.
Un caso singular sería el de la revolución del MNR en Bolivia donde la administración Eisenhower acomodó al gobierno que ejecutó una reforma agraria moderada y nacionalizo las minas de estaño. Dos puntos explicarían esta excepción: 1) Bolivia no estaba en el directo traspatio de los Estados Unidos, 2) El Movimiento Nacionalista Revolucionario no solo era nacionalista sino tenía una profunda ideología anticomunista. Aun así, cuando las tendencias nacionalistas más radicales en el MNR se consolidaron, Estados Unidos favoreció primero la reelección de Paz Estenssoro a la presidencia en violación del acuerdo original contra la reelección y después el golpe militar del vicepresidente Barrientos.
El caso cubano:
En el caso cubano, las investigaciones disímiles de Carlos Alzugaray, Thomas Patterson y Mark Falcoff concuerdan en que Estados Unidos trató de evitar todo el tiempo el triunfo de las fuerzas revolucionarias del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. Estos tres autores concuerdan que hasta el otoño de 1958, Estados Unidos procuró una solución de la crisis basada en las elecciones organizadas por la dictadura. Solo a inicios de diciembre, con la misión Pawley, se aceleraron acciones para sustituir a Batista por una tercera fuerza, sin compromiso con el batistato. Tal hecho indiscutible demuestra que hasta 1958, Eisenhower prefirió a Batista como alternativa a cualquier nacionalismo.
Mark Falcoff, el académico que más ha avanzado en la dirección apuntada por Rojas, ha dicho, contra la crítica de Bill Leogrande (Discusión en el Instituto Cato, 19 de Noviembre de 2002) que un acomodo de Estados Unidos con el nacionalismo latinoamericano era posible. Según Falcoff, a pesar de la “excesivamente estrecha visión” de la administración Eisenhower, “anticomunismo y protección de las inversiones norteamericanas”, sus gestores de política, avanzaban en la comprensión del nacionalismo, al entender que los latinoamericanos “podían tener prioridades diferentes”. Falcoff apunta que en algunas discusiones de la Administración Eisenhower hay semillas de lo que fue luego la Alianza para el progreso.
De la posibilidad de Falcoff a la probabilidad de Rojas hay buen trecho. Si Rojas demostrara que las relaciones de Estados Unidos hacia América Latina bajo Eisenhower (o incluso bajo Kennedy, LBJ o Nixon) estuvieron guiadas por la promoción democrática o el acomodo al auge nacionalista en América Latina en lugar de por la presunción hegemónica y la defensa de los intereses estratégicos y económicos, su articulo sería una contribución significativa al estudio de las relaciones interamericanas. No ocurre en esta ocasión.
Rojas tiene razón que después del triunfo de la revolución, hubo tendencias apaciguadoras como el envió del embajador Bonsal a La Habana. El tema es que basa sus aseveraciones sobre el predominio de tendencias acomodadoras al nacionalismo en las declaraciones oficiales y los intercambios con el embajador Bonsal, como si toda la política exterior se redujera a ellas. Las entrevistas de Bonsal, las mediaciones del embajador argentino Amoedo y los comunicados de Eisenhower son parte de la política exterior pero pensar que esta se reduce a aquellos es ¡por favor! una ingenuidad.
Además de la relación diplomática entre el embajador Bonsal y el gobierno revolucionario, la política de Estados Unidos hacia Cuba incluía también: 1) las represalias económicas contra las medidas nacionalistas, 2) la búsqueda del aislamiento de Cuba en la OEA siguiendo el precedente de la resolución anticomunista de 1954 en Caracas 3) la mediación con otros gobiernos para denegar a la revolución capacidades militares contra los grupos contrarrevolucionarios, e incluso forzar a Castro a una relación con Moscú que permitiera una oposición mas abierta al proceso 4) El apoyo encubierto a grupos opuestos a la revolución nacionalista, empezando por la denegación de extradición, sin siquiera aplicar juicio propio a los criminales del antiguo régimen que se refugiaron en Estados Unidos y a los cuales no se le aplicó la ley de neutralidad con el mismo rigor que a los antibatistianos.
En relación a la OEA y las sanciones económicas fue evidente que Estados Unidos intento repetir, la estrategia de aislamiento que usó contra Arbenz en Guatemala. Es difícil demostrar que Cuba era el país menos democrático del hemisferio entre 1959 y 1962. ¿Y Trujillo? ¿Y Strossner? No es casual que la invasión de Bahía de Cochinos partió desde el feudo de Somoza y que la cuota azucarera que le quitaron a la isla fue repartida entre los dictadores del hemisferio.
En ciencias sociales, la estrategia de escoger una teoría y pescar solo los hechos que la corroboren, ignorando aquellos que la contradicen, no es metodológicamente aceptable. Rojas tiene simplemente que discutir los hechos concretos de política encubierta desestabilizadora que contradicen su teoría sobre un probable acomodo del nacionalismo por Estados Unidos.
Finalmente, la tesis de Rojas es también débil si se aplica a la historia de las coyunturas críticas del vínculo bilateral. El propio Bonsal reconoció que sus posiciones apaciguadoras fueron derrotadas en el departamento de Estado por aquellos que preferían un rumbo más agresivo.
Acciones que, desde la mirada hegemónica norteamericana, son percibidas como gestos pro-comunistas, no lo son desde la autodeterminación de los pueblos y el derecho internacional. Los acuerdos comerciales con la URSS y los países del bloque comunista son acciones legitimas del gobierno cubano en 1960 que no necesariamente van dirigidas contra Estados Unidos aunque si contra la disciplina de alianza automática que quería imponer al hemisferio occidental. Revolucionarios moderados que luego rompieron con Fidel Castro- como Carlos Franqui-han descrito que vieron con simpatía la visita de Mikoyan a la Habana pues “servia para afirmar nuestra independencia”.
El diferendo por el refinamiento de petróleo empezó cuando Cuba quiso comprar crudo directamente, evitando la intermediación monopólica de las compañías petroleras. Si eso no fue un choque entre nacionalismo y hegemonía, es difícil saber que es. Según Bonsal (1971), él, sus aliados en el departamento de Estado y los ejecutivos de las refinerías norteamericanas habían apoyado que las compañías negociarían el tema del petróleo soviético con el gobierno y si el acuerdo no les parecía justo llevaran el caso ante tribunales cubanos. Solo si las compañías consideraban injusto el fallo de los tribunales cubanos, la embajada convertiría el tema en parte del diferendo bilateral. El cuatro de junio de 1960, Bonsal recibió un mensaje de su aliado en la lucha burocrática en Washington, el secretario asistente Rubottom, que le aclaraba que esa posición había cambiado. El secretario del Tesoro Robert Anderson incitó a las compañías a negarse a procesar el petróleo soviético pues tal postura estaría más acorde con la política de Estados Unidos.
La defenestración de Roy Rubottom como secretario asistente para Asuntos Interamericanos en Julio de 1960 trasmitió una señal clara sobre quien había ganado la guerra burocrática en Washington. Rubottom, que era identificado como la cabeza del grupo acusado de flojo con Castro por el exembajador Earl Smith y otros macartistas, fue enviado de embajador a la Argentina.
Para avanzar sus escenarios alternativos de entendimiento entre Estados y el nacionalismo cubano, no es suficiente que Rojas demuestre que había apaciguadores en la diplomacia estadounidense sino que, en ausencia de la orientación comunista del gobierno cubano, esos sectores hubiesen prevalecido. Quizás Rojas tenga evidencias de que los acomodadores estaban ganando la batalla en Washington pero no las ha presentado.
Aun cuando es útil distinguir entre autorizar una invasión exiliada a Cuba de ordenar su planeación, la historia especifica de Bahía de Cochinos demuestra que planear la invasión determinó significativamente el menú siguiente de opciones disponible para la Administración Kennedy y también las opciones de Fidel Castro que desde muy temprano supo que ese curso de acción tomaba vigor. Las obras de Schlesinger y Sorensen así como documentados estudios sobre el desastre de Bahía de Cochinos (Peter Kornbluth, Bay of Pigs Declassified, 1998) demuestran que una vez que Eisenhower tomo esa decisión, la invasión se convirtió en el curso de acción central y el más probable.
Conclusión:
La posibilidad de un entendimiento entre Estados Unidos y cualquier nacionalismo en abstracto entre 1959 y 1961 es difícil de probar o rechazar. Muchas cosas pudieran cambiarse y quizás Estados Unidos hubiera aprendido a vivir con Fidel Castro o alguno de sus sucesores si estos hubiesen sido como José Figueres. El tema es que el nacionalismo del 26 de Julio y el Directorio Revolucionario, las dos fuerzas centrales de la revolución, era mucho mas radical que el del líder costarricense.
Las evidencias presentadas por Rojas para afirmar que Estados Unidos trataba de acomodar al nacionalismo latinoamericano en 1959 y 1960 no refutan en modo alguno que el diseño general de la política hacia la región consideraba al nacionalismo, democrático o autoritario, una amenaza a la solidaridad continental anticomunista. Sin aportar ningún elemento que tal enfoque hubiese cambiado, el escenario que propone como el más probable para las relaciones interamericanas no pasa de ser una hipótesis audaz.
Como he escrito en otra ocasión (Lo que Carter puede preguntar, Encuentro en la Red, 14 de junio de 2002) durante la presidencia de James Carter, Fidel Castro puso su ideología comunista por encima de los intereses nacionales cubanos. Robert Pastor, quien fue testigo de la conversación ha relatado que, a inicios de la Administración Carter, el subscretario de Estado Peter Tarnoff le dijo expresamente a Fidel Castro que Carter tenia intenciones de eliminar el embargo y restablecer relaciones con Cuba. Tarnoff pidió que Cuba se abstuviera de lanzar nuevas intervenciones más allá de Angola. Cuba intervino militarmente en apoyo del dictador etíope Mengistu Haile Mariam en 1977. Se puede afirmar, que, “ceteris paribus”, las acciones de Fidel Castro redujeron sustancialmente la probabilidad de un entendimiento con EE.UU.
Ese no fue el caso en el periodo 1959-1961. No es que el alineamiento de Fidel Castro y los radicales de su entorno, como Che Guevara y su hermano Raúl, con Moscú haya sido irrelevante al conflicto. El tema es que los líderes revolucionarios identificaron mejor que Rojas la correlación de fuerzas en la Administración Eisenhower en 1960 y cuál era la política de Estados Unidos hacia América Latina. Si Castro no hubiera sido comunista, pero hecho la reforma agraria y las nacionalizaciones, y ejercido la neutralidad activa y equidistancia de Occidente y del comunismo, que declaró en 1959, lo más probable es que el conflicto con Estados Unidos hubiese ocurrido, solo que Cuba estaría en una posición más débil.
Finalmente quisiera agregar una observación adicional. Coincido con Rojas en las diferencias que establece entre “las nuevas izquierdas latinoamericanas” y el socialismo cubano así como en la necesidad de atenderlas para integrar a Cuba en el hemisferio. Aunque Cuba nunca fue “soviética” como la define Rojas, el articulo de Rafael Hernández en este numero (“El Legado cubano”), no discute las profundas similitudes entre el comunismo cubano y el modelo de partido único y de animadversión al mercado que fracasó en la URSS.
En Cuba, hay un sistema político en el que en cincuenta años no se ha producido mas que una renovación en la cima (La no reelección fue una conquista revolucionaria mexicana que la revolución cubana abandonó), y en el que la meta nacionalista de desarrollo económico sigue siendo apenas una aspiración. Esas características, sin demeritar las conquistas sociales que Hernández destaca y el fortalecimiento de la conciencia nacionalista, también son un legado cubano. Pero ese, es otro debate.
Arturo López Levy enseña Política Comparada, y Problemas de Economía Mundial en la Escuela Josef Korbel de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver.
UN PASADO PROBABLE
UN PASADO PROBABLE
En una conferencia en el prestigioso Instituto Aspen, Colorado, alguien preguntó a Henry Kissinger que hubiera pasado si en lugar de asesinar al presidente Kennedy, Lee Harvey Oswald hubiese asesinado a Nikita Kruschev. Después de mirar al techo y suspirar, Kissinger contestó que lo único seguro era que Onassis nunca se hubiera casado con la señora de Kruschev.
La anécdota viene a propósito del articulo de Rafael Rojas “un pasado virtual” que explora lo que pudo ocurrir en Cuba, si Batista no hubiera dado el golpe de Estado en 1952, si el partido del pueblo cubano (ortodoxos) hubiese ganado las elecciones de 1952 y hecho un buen gobierno, si Estados Unidos no hubiera apoyado a Batista hasta 1958, si Fidel Castro no hubiera triunfado, y sobre todo si la revolución cubana no se hubiese radicalizado hacia el socialismo.
Como en el “escenario virtual” de Rojas cambian tantos hechos, cualquier cosa pudo ocurrir. Por eso me concentrare en los elementos factuales a partir de los cuales Rojas construye su principal escenario alternativo: “la historia diplomática de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 1959 y 1960 apunta a que Eisenhower y Kennedy (Rojas comete un error pues Kennedy no asumió la presidencia hasta enero de 1961) estaban dispuestos a mantener el vinculo con un gobierno nacionalista, democrático o autoritario, que no se aliara con la Unión Soviética”. Si se toma la historia de las relaciones Cuba-Estados Unidos en su totalidad, sin reducirlas a las declaraciones oficiales y al vínculo diplomático formal es difícil concordar con tal afirmación.
Entrando en el análisis contra-factual, argumentare que, aplicando la condición de ceteris paribus (todo lo demás igual), metodológicamente recomendada para estos ejercicios, la posibilidad de que Estados Unidos, específicamente la administración Eisenhower, hubiera acomodado al gobierno de Fidel Castro dentro del sistema interamericano, si este último no se hubiera aliado con la Unión Soviética, no era el escenario mas probable.
Baso mi análisis en dos razones: 1) La concepción general de política exterior norteamericana hacia América Latina concebía el nacionalismo tercermundista como enemigo de los intereses económicos norteamericanos y una amenaza a la “solidaridad continental” anticomunista demandada como parte de la presunción hegemónica norteamericana en el hemisferio. 2) En el caso especifico cubano, los grupos que dentro de la política exterior estadounidense abogaban por apaciguar la revolución nacionalista fueron derrotados por los proponentes de un cambio de régimen en el primer semestre de 1960, cuando el transito al socialismo no había ocurrido aun.
Un debate como el que Rojas propone sobre escenarios alternativos debe partir de un modelo sobre la relación bilateral, que explicite las relaciones y jerarquías entre las variables. Un modelo es importante porque en su ausencia, los hechos son traídos a conveniencia para criticar o exonerar arbitrariamente la responsabilidad de Fidel Castro y los revolucionarios radicales en el conflicto. En mi caso, parto de las siguientes premisas: 1) la política de Eisenhower hacia el nacionalismo cubano era parte de su estrategia general hacia esa tendencia en América Latina. 2) Estados Unidos no es un actor racional unitario por lo que la política hacia Cuba es resultado de debates internos entre diferentes grupos e intereses.
¿Cuál fue la política hacia América Latina de la Administración Eisenhower?
Para dilucidar la sugerencia de Rafael Rojas que un entendimiento entre Washington y la revolución cubana era el escenario más probable si esta hubiese sido solo nacionalista discutamos la actitud de la administración Eisenhower hacia el nacionalismo latinoamericano.
Documentos programáticos de la política exterior norteamericana en los 50 como el informe de George Kennan “América Latina como problema en la política exterior de Estados Unidos” y el NSC 69 registran que Estados Unidos percibió el auge del nacionalismo latinoamericano como una seria amenaza a su seguridad.
La respuesta de la administración Eisenhower ante ese reto fue reforzar relaciones fraternas con los dictadores y promover el autoritarismo contra los gobiernos nacionalistas como el del trienio adeco. Según Robert Woodward, quien fue embajador norteamericano en Costa Rica (1954-58), el secretario de Estado John Foster Dulles llegó a decir que los dictadores “son las únicas personas en las que podemos confiar”. (Citado por Stephen Rabe, 1988, “Eisenhower and Latin America, Univ of North Carolina Press, )
Para la administración Eisenhower, el nacionalismo era una amenaza pues una “tercera vía” o “una posición neutral entre el comunismo y el mundo libre” debilitarían “la solidaridad continental” contra los intentos de la URSS de crear cuña entre Occidente y los estados emergentes en el mundo postcolonial. El nacionalismo tercermundista - entendido correctamente por la CIA en su informe “Principal aspects of socialism in Latin America” de 1958- ponía sus intereses de desarrollo económico, búsqueda de mercados y apoyo a la industrialización por encima de los objetivos de la lucha anticomunista liderada por Estados Unidos.
Más aun, las políticas de neutralismo activo podían usar la agresividad soviética en romper el cordón sanitario impuesto por Occidente, para balancear a las potencias una contra otra y obtener términos más ventajosos. Como demostraron luego el gobierno peronista en Argentina, Velasco Alvarado en Perú, y Omar Torrijos en Panamá, la CIA no estaba errada en su cálculo que los nacionalistas latinoamericanos establecerían relaciones a su conveniencia con la URSS sin dar prioridad al anticomunismo.
Estados Unidos se veía a sí mismo, sacrificando recursos y vidas por la contención del comunismo en Europa y el Este de Asia. Tenía poca paciencia para lo que veía como falta de solidaridad latinoamericana hacia su papel de líder del “mundo libre”. Revelador es el informe de Milton Eisenhower sobre su viaje a América Latina en 1953: “El ultranacionalismo, con su ceguera frente a los intereses de largo plazo, desempeña hoy en día un papel retrogrado, empujado por agentes comunistas, cuya ayuda es, en algunos casos, aceptada por lideres políticos no-comunistas por razones de ventajas políticas coyunturales” (Citado por Pettina (2007) “Del anticomunismo al antinacionalismo: La presidencia Eisenhower y el giro autoritario en la América Latina de los años 50, Revista de Indias, Vol. LXVII, num. 240, 2007, p.594).
Alegar la aceptación estadounidense del nacionalismo mexicano de Cárdenas y la Venezuela de Betancourt para fundamentar la disposición norteamericana a aceptar la revolución nacionalista cubana ignora las características específicas de la política latinoamericana de Eisenhower. El proceso cardenista ocurrió bajo la política del buen vecino, en las vísperas de la segunda guerra mundial.
Para hablar de acomodo norteamericano a la Venezuela de Acción Democrática, Rojas debió precisar a qué gobierno adeco se refería. Desde 1948 hasta 1958, cuando fue derrocado el presidente Rómulo Gallegos, las administraciones Truman y Eisenhower apoyaron al dictador Marcos Pérez Jiménez contra la denuncia de Betancourt contra el “imperialismo petrolero”. No es que nadie en Washington percibiera el nacionalismo de Rómulo Betancourt como la alternativa más efectiva al comunismo. El tema es que los que así pensaban, perdieron la batalla burocrática en Washington hasta que Kennedy llegó al poder.
Incluso después del pacto de Punto Fijo, que excluyó al partido comunista, la administración Eisenhower chocó reiteradamente en la OEA contra los intentos de Betancourt y su canciller Ignacio Luís Arcaya por promover la independencia puertorriqueña y la exclusión de dictadores de derecha como Somoza, Trujillo y Strossner del sistema interamericano. La oposición de Washington a la política antidictatorial de Betancourt estuvo en plena consonancia con el apoyo otorgado durante toda la administración Eisenhower a diferentes dictadores en América Latina desde Trujillo hasta Somoza. También fue coherente con las acciones desestabilizadoras desde fines de la Administración Truman contra gobiernos nacionalistas como los de Arévalo y Arbenz en Guatemala, los de Vargas y Perón en Brasil y Argentina y ultimo pero no menos importante, la invasión bajo la bandera de la OEA contra los militares nacionalistas dominicanos de Caamaño en 1965. No en balde, el presidente brasileño Lula Da Silva llamó a la OEA a disculparse por las agresiones contra los pueblos que se cometieron impúdicamente en su nombre.
Un caso singular sería el de la revolución del MNR en Bolivia donde la administración Eisenhower acomodó al gobierno que ejecutó una reforma agraria moderada y nacionalizo las minas de estaño. Dos puntos explicarían esta excepción: 1) Bolivia no estaba en el directo traspatio de los Estados Unidos, 2) El Movimiento Nacionalista Revolucionario no solo era nacionalista sino tenía una profunda ideología anticomunista. Aun así, cuando las tendencias nacionalistas más radicales en el MNR se consolidaron, Estados Unidos favoreció primero la reelección de Paz Estenssoro a la presidencia en violación del acuerdo original contra la reelección y después el golpe militar del vicepresidente Barrientos.
El caso cubano:
En el caso cubano, las investigaciones disímiles de Carlos Alzugaray, Thomas Patterson y Mark Falcoff concuerdan en que Estados Unidos trató de evitar todo el tiempo el triunfo de las fuerzas revolucionarias del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. Estos tres autores concuerdan que hasta el otoño de 1958, Estados Unidos procuró una solución de la crisis basada en las elecciones organizadas por la dictadura. Solo a inicios de diciembre, con la misión Pawley, se aceleraron acciones para sustituir a Batista por una tercera fuerza, sin compromiso con el batistato. Tal hecho indiscutible demuestra que hasta 1958, Eisenhower prefirió a Batista como alternativa a cualquier nacionalismo.
Mark Falcoff, el académico que más ha avanzado en la dirección apuntada por Rojas, ha dicho, contra la crítica de Bill Leogrande (Discusión en el Instituto Cato, 19 de Noviembre de 2002) que un acomodo de Estados Unidos con el nacionalismo latinoamericano era posible. Según Falcoff, a pesar de la “excesivamente estrecha visión” de la administración Eisenhower, “anticomunismo y protección de las inversiones norteamericanas”, sus gestores de política, avanzaban en la comprensión del nacionalismo, al entender que los latinoamericanos “podían tener prioridades diferentes”. Falcoff apunta que en algunas discusiones de la Administración Eisenhower hay semillas de lo que fue luego la Alianza para el progreso.
De la posibilidad de Falcoff a la probabilidad de Rojas hay buen trecho. Si Rojas demostrara que las relaciones de Estados Unidos hacia América Latina bajo Eisenhower (o incluso bajo Kennedy, LBJ o Nixon) estuvieron guiadas por la promoción democrática o el acomodo al auge nacionalista en América Latina en lugar de por la presunción hegemónica y la defensa de los intereses estratégicos y económicos, su articulo sería una contribución significativa al estudio de las relaciones interamericanas. No ocurre en esta ocasión.
Rojas tiene razón que después del triunfo de la revolución, hubo tendencias apaciguadoras como el envió del embajador Bonsal a La Habana. El tema es que basa sus aseveraciones sobre el predominio de tendencias acomodadoras al nacionalismo en las declaraciones oficiales y los intercambios con el embajador Bonsal, como si toda la política exterior se redujera a ellas. Las entrevistas de Bonsal, las mediaciones del embajador argentino Amoedo y los comunicados de Eisenhower son parte de la política exterior pero pensar que esta se reduce a aquellos es ¡por favor! una ingenuidad.
Además de la relación diplomática entre el embajador Bonsal y el gobierno revolucionario, la política de Estados Unidos hacia Cuba incluía también: 1) las represalias económicas contra las medidas nacionalistas, 2) la búsqueda del aislamiento de Cuba en la OEA siguiendo el precedente de la resolución anticomunista de 1954 en Caracas 3) la mediación con otros gobiernos para denegar a la revolución capacidades militares contra los grupos contrarrevolucionarios, e incluso forzar a Castro a una relación con Moscú que permitiera una oposición mas abierta al proceso 4) El apoyo encubierto a grupos opuestos a la revolución nacionalista, empezando por la denegación de extradición, sin siquiera aplicar juicio propio a los criminales del antiguo régimen que se refugiaron en Estados Unidos y a los cuales no se le aplicó la ley de neutralidad con el mismo rigor que a los antibatistianos.
En relación a la OEA y las sanciones económicas fue evidente que Estados Unidos intento repetir, la estrategia de aislamiento que usó contra Arbenz en Guatemala. Es difícil demostrar que Cuba era el país menos democrático del hemisferio entre 1959 y 1962. ¿Y Trujillo? ¿Y Strossner? No es casual que la invasión de Bahía de Cochinos partió desde el feudo de Somoza y que la cuota azucarera que le quitaron a la isla fue repartida entre los dictadores del hemisferio.
En ciencias sociales, la estrategia de escoger una teoría y pescar solo los hechos que la corroboren, ignorando aquellos que la contradicen, no es metodológicamente aceptable. Rojas tiene simplemente que discutir los hechos concretos de política encubierta desestabilizadora que contradicen su teoría sobre un probable acomodo del nacionalismo por Estados Unidos.
Finalmente, la tesis de Rojas es también débil si se aplica a la historia de las coyunturas críticas del vínculo bilateral. El propio Bonsal reconoció que sus posiciones apaciguadoras fueron derrotadas en el departamento de Estado por aquellos que preferían un rumbo más agresivo.
Acciones que, desde la mirada hegemónica norteamericana, son percibidas como gestos pro-comunistas, no lo son desde la autodeterminación de los pueblos y el derecho internacional. Los acuerdos comerciales con la URSS y los países del bloque comunista son acciones legitimas del gobierno cubano en 1960 que no necesariamente van dirigidas contra Estados Unidos aunque si contra la disciplina de alianza automática que quería imponer al hemisferio occidental. Revolucionarios moderados que luego rompieron con Fidel Castro- como Carlos Franqui-han descrito que vieron con simpatía la visita de Mikoyan a la Habana pues “servia para afirmar nuestra independencia”.
El diferendo por el refinamiento de petróleo empezó cuando Cuba quiso comprar crudo directamente, evitando la intermediación monopólica de las compañías petroleras. Si eso no fue un choque entre nacionalismo y hegemonía, es difícil saber que es. Según Bonsal (1971), él, sus aliados en el departamento de Estado y los ejecutivos de las refinerías norteamericanas habían apoyado que las compañías negociarían el tema del petróleo soviético con el gobierno y si el acuerdo no les parecía justo llevaran el caso ante tribunales cubanos. Solo si las compañías consideraban injusto el fallo de los tribunales cubanos, la embajada convertiría el tema en parte del diferendo bilateral. El cuatro de junio de 1960, Bonsal recibió un mensaje de su aliado en la lucha burocrática en Washington, el secretario asistente Rubottom, que le aclaraba que esa posición había cambiado. El secretario del Tesoro Robert Anderson incitó a las compañías a negarse a procesar el petróleo soviético pues tal postura estaría más acorde con la política de Estados Unidos.
La defenestración de Roy Rubottom como secretario asistente para Asuntos Interamericanos en Julio de 1960 trasmitió una señal clara sobre quien había ganado la guerra burocrática en Washington. Rubottom, que era identificado como la cabeza del grupo acusado de flojo con Castro por el exembajador Earl Smith y otros macartistas, fue enviado de embajador a la Argentina.
Para avanzar sus escenarios alternativos de entendimiento entre Estados y el nacionalismo cubano, no es suficiente que Rojas demuestre que había apaciguadores en la diplomacia estadounidense sino que, en ausencia de la orientación comunista del gobierno cubano, esos sectores hubiesen prevalecido. Quizás Rojas tenga evidencias de que los acomodadores estaban ganando la batalla en Washington pero no las ha presentado.
Aun cuando es útil distinguir entre autorizar una invasión exiliada a Cuba de ordenar su planeación, la historia especifica de Bahía de Cochinos demuestra que planear la invasión determinó significativamente el menú siguiente de opciones disponible para la Administración Kennedy y también las opciones de Fidel Castro que desde muy temprano supo que ese curso de acción tomaba vigor. Las obras de Schlesinger y Sorensen así como documentados estudios sobre el desastre de Bahía de Cochinos (Peter Kornbluth, Bay of Pigs Declassified, 1998) demuestran que una vez que Eisenhower tomo esa decisión, la invasión se convirtió en el curso de acción central y el más probable.
Conclusión:
La posibilidad de un entendimiento entre Estados Unidos y cualquier nacionalismo en abstracto entre 1959 y 1961 es difícil de probar o rechazar. Muchas cosas pudieran cambiarse y quizás Estados Unidos hubiera aprendido a vivir con Fidel Castro o alguno de sus sucesores si estos hubiesen sido como José Figueres. El tema es que el nacionalismo del 26 de Julio y el Directorio Revolucionario, las dos fuerzas centrales de la revolución, era mucho mas radical que el del líder costarricense.
Las evidencias presentadas por Rojas para afirmar que Estados Unidos trataba de acomodar al nacionalismo latinoamericano en 1959 y 1960 no refutan en modo alguno que el diseño general de la política hacia la región consideraba al nacionalismo, democrático o autoritario, una amenaza a la solidaridad continental anticomunista. Sin aportar ningún elemento que tal enfoque hubiese cambiado, el escenario que propone como el más probable para las relaciones interamericanas no pasa de ser una hipótesis audaz.
Como he escrito en otra ocasión (Lo que Carter puede preguntar, Encuentro en la Red, 14 de junio de 2002) durante la presidencia de James Carter, Fidel Castro puso su ideología comunista por encima de los intereses nacionales cubanos. Robert Pastor, quien fue testigo de la conversación ha relatado que, a inicios de la Administración Carter, el subscretario de Estado Peter Tarnoff le dijo expresamente a Fidel Castro que Carter tenia intenciones de eliminar el embargo y restablecer relaciones con Cuba. Tarnoff pidió que Cuba se abstuviera de lanzar nuevas intervenciones más allá de Angola. Cuba intervino militarmente en apoyo del dictador etíope Mengistu Haile Mariam en 1977. Se puede afirmar, que, “ceteris paribus”, las acciones de Fidel Castro redujeron sustancialmente la probabilidad de un entendimiento con EE.UU.
Ese no fue el caso en el periodo 1959-1961. No es que el alineamiento de Fidel Castro y los radicales de su entorno, como Che Guevara y su hermano Raúl, con Moscú haya sido irrelevante al conflicto. El tema es que los líderes revolucionarios identificaron mejor que Rojas la correlación de fuerzas en la Administración Eisenhower en 1960 y cuál era la política de Estados Unidos hacia América Latina. Si Castro no hubiera sido comunista, pero hecho la reforma agraria y las nacionalizaciones, y ejercido la neutralidad activa y equidistancia de Occidente y del comunismo, que declaró en 1959, lo más probable es que el conflicto con Estados Unidos hubiese ocurrido, solo que Cuba estaría en una posición más débil.
Finalmente quisiera agregar una observación adicional. Coincido con Rojas en las diferencias que establece entre “las nuevas izquierdas latinoamericanas” y el socialismo cubano así como en la necesidad de atenderlas para integrar a Cuba en el hemisferio. Aunque Cuba nunca fue “soviética” como la define Rojas, el articulo de Rafael Hernández en este numero (“El Legado cubano”), no discute las profundas similitudes entre el comunismo cubano y el modelo de partido único y de animadversión al mercado que fracasó en la URSS.
En Cuba, hay un sistema político en el que en cincuenta años no se ha producido mas que una renovación en la cima (La no reelección fue una conquista revolucionaria mexicana que la revolución cubana abandonó), y en el que la meta nacionalista de desarrollo económico sigue siendo apenas una aspiración. Esas características, sin demeritar las conquistas sociales que Hernández destaca y el fortalecimiento de la conciencia nacionalista, también son un legado cubano. Pero ese, es otro debate.
Arturo López Levy enseña Política Comparada, y Problemas de Economía Mundial en la Escuela Josef Korbel de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver.